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Entre la ficción y la realidad: entrevista a Rodrigo Rey Rosa por Mario Salvatierra

Uno pensaría que alguien que escribe sobre la violencia descarnada de su país tendría un rostro duro y maneras bruscas, sin embargo, el escritor Rodrigo Rey Rosa es una persona afable. Fotografía de Tomás Pellicer Larrea, febrero 2016.
Uno pensaría que alguien que escribe sobre la violencia descarnada de su país tendría un rostro duro y maneras bruscas, sin embargo, el escritor Rodrigo Rey Rosa es una persona afable. Fotografía de Tomás Pellicer Larrea, febrero 2016.

Es la tercera vez que Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958) visita la ciudad de Mérida. En esta ocasión ha sido invitado al Encuentro de escritores: El futuro de la literatura y la sociedad latinoamericanas, organizado por el Centro Peninsular en Humanidades y en Ciencias Sociales (Cephcis) de la UNAM. «Me encanta. Tengo mucho interés por esta zona», me dice cuando le pregunto si ha disfrutado su estadía. «El paisaje de Yucatán es muy parecido al de la zona del Petén. Solo la arquitectura es diferente». El edificio de estilo neomaya en el que nos encontramos le parece sorprendente y, mientras echa un vistazo a los amplios pasillos y al patio central, le comento que alguna vez fue un sanatorio.

 

La última novela de su autoría que había leído era El material humano (Anagrama, 2009), que me pareció sorprendente en comparación con las obras reunidas en Imitación de Guatemala (Alfaguara, 2014) y los relatos de Siempre juntos y otros cuentos (Almadía, 2008), tal vez por eso las preguntas estuvieron orientadas por ese documento literario y testimonial sobre el rescate del Archivo de la Policía Nacional. Guatemala, como todo país latinoamericano, ha vivido una historia negra durante más de un siglo. Uno de los aspectos que más llamó mi atención fue la hibridez del texto que se logra no solo mediante la tensión entre lo real y lo ficticio, sino a través de una especie de collage compuesto por múltiples discursos literarios y no-literarios que hacen de El material humano una novela importante tanto por su valor documental como por su valor artístico. «Aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, ésta es una obra de ficción», se advierte al inicio del libro. Curiosamente, en su última novela, Los sordos (Alfaguara, 2012), y en el relato «Cárcel de árboles» –obras completamente ficticias– el juego se invierte: la ficción se convirtió en realidad. «Me enteré, a través de una persona que había leído esos textos, de que en Guatemala, en realidad, sí existían de manera clandestina centros psiquiátricos en la selva, claro, de otra naturaleza, pero, aún así, es increíble».

 

Rey Rosa habla con una voz suave y de manera pausada. Uno pensaría que alguien que escribe, mayormente, sobre la violencia descarnada de su país y que ha llevado una vida trashumante tendría un rostro duro y maneras bruscas, sin embargo, el escritor guatemalteco es afable y en poco tiempo entramos en confianza.

 

Reproduzco la conversación que tuvimos la tarde del 25 de febrero de 2016, entre picaduras de mosquitos y algunas risas.

 

*

Mario Salvatierra (MS): En entrevistas anteriores, has mencionado que el libro Ficciones fue determinante para que siguieras el camino de escritor.

 

Rodrigo Rey Rosa (RRR): No lo diría tan así, pero sí, me acuerdo estarlo leyendo y decir, «voy a tirar la toalla médica y me voy a poner a escribir. Esto es lo que yo quiero hacer». Luego de leer «Tlön, Uqbar...» decidí: «Esto es lo que quiero hacer» y en ese entonces se me empezaron a abrir puertas, era buen momento.

 

MS: Tenías 20 años, ¿no?

 

RRR: Al final de los 19 años. Mi familia no tomó muy bien esta decisión. Mi madre se asustó cuando decidí que iba a abandonar medicina, una carrera cara y que me la estaban financiando mis padres, pero yo ya había acomodado un bandazo. Mi padre me dijo «si abandonas medicina, yo no voy a ayudarte a volverte un escritor frustrado, alcohólico y pobre. Yo no te ayudo». Mi madre, en cambio, me dijo «yo voy a hacer todo lo que pueda y ojalá que tengas suerte». Fueron dos reacciones opuestas dentro de la familia. Sin embargo, no cambié de opinión y continúe.

 

MS: Entonces, sí hubo cierto apoyo, el de tu madre, por ejemplo...

 

RRR: Apoyo moral, más que nada. Fue una gran toma de decisión. Sí me molestó un poco la reacción de mi padre; me molestaba que creyera que yo no fuera serio ni que, como escritor, pudiera salir adelante. Lo tomé como un rompimiento, aunque no violento. Dejé de consultar y de relacionarme con él durante varios años. Como tuve suerte, a los dos años de eso ya tenía un librito. Esto sirvió para suavizar las cosas entre mi padre y yo.

 

MS: Has mencionado que nunca haces bosquejos antes de comenzar a escribir, pero estructural y técnicamente El material humano es muy diferente a tu obra anterior. ¿Esto fue deliberado o accidental?

 

RRR: Es completamente accidental. En principio El material humano no iba a ser una obra de ficción, yo quería hacer una obra de no-ficción sobre ese Archivo. Para cuando me impidieron seguir investigando, yo ya había tomado muchas notas, tenía un material que me parecía de mucho interés. Me vi obligado a convertir esos apuntes en ficción para darles forma porque, si no, era solamente una investigación truncada. Durante un tiempo, seguí insistiendo en volver al Archivo pero me decían «no, no, no».

 

Entonces, esta negativa sin explicación se volvió un tema; pensé «voy a seguir intentando regresar a ver qué pasa», y cada semana llamaba al jefe del Archivo. Él fue quien me dejó entrar saltándose unas bardas porque no tenía derecho a estar ahí, pero me permitió el acceso –como explicó en parte– porque ese Archivo era algo precario, ya que era posible que las autoridades prohibieran seguir haciendo la investigación. Era mejor que algo quedara documentado; él creía que lo que yo escribiera podía servir para dar testimonio de eso que podía irse al traste en cualquier momento. Cuando no pude continuar asistiendo al Archivo, seguí insistiendo y el jefe me daba largas: «No desistas, pero todavía no puedes volver». Hasta cierto punto, se volvió un tema algo kafkiano el no poder entrar al Archivo.

 

Después de seis meses de negativas, releí las notas y me di cuenta que ahí había una historia y que el libro, prácticamente, ya estaba hecho. Un libro que armé sin saberlo. Por prudencia había continuado tomando notas, un volumen de doscientas cuartillas, pero no estaba haciendo una novela. Pensé, entonces, que a eso le podía dar forma. Le di unos cuantos golpes para que tuviera apariencia de novela [risas]. Por supuesto, hay temas que se desarrollan en El material humano que son ficticios. Esas líneas temáticas las subrayo para que tomen forma. Me pareció válido combinar la ficción y la no-ficción. Definitivamente, la técnica e incluso la concepción de esa novela es muy diferente a las otras que he escrito.

 

MS: Por ejemplo, la inclusión de las fichas del Gabinete de Identidad, que son transcripciones literales, pero que de cierta manera pueden ser leídas como microhistorias.

 

RRR: Sí, no hay nada de invención ahí. Había unas que eran muy largas y las tuve que condensar un poquito para darles ritmo. También hay un poco de ficción «personal», pues cambié algunos nombres y apellidos porque no estaba seguro si tal o cual individuo era pariente de gente que conozco y que no iba a tomar muy bien que se supiera que su abuela, digamos, había sido arrestada por prostitución; también sucedió lo contrario, para ciertos crímenes ridículos, utilicé el nombre de amigos de los que me quería burlar [risas]. Por ejemplo, la ficha de arresto de un sujeto que suelta un zopilote en un teatro porque le gustaba hacer escándalos por nada; otro que se roba una gallina, etcétera. Y eso lo sabrán ellos y yo. A eso se limita la ficción en las fichas, pero los crímenes y motivos de fichaje son todos documentales.

 

MS: Existen ciertos autores que se dedican a explorar los límites de la literatura, sobre todo desde el aspecto formal. ¿Consideras que eres parte de esta estirpe?

 

RRR: Bueno, para mí el límite entre la realidad y la ficción es un ejercicio formal.

 

MS: Tu obra está íntimamente relacionada con la realidad guatemalteca. Sin embargo, has declarado en varias ocasiones que se tratan de obras de ficción. ¿Por qué esa insistencia en dejar en claro que tu escritura se desarrolla en el campo de la ficción?

 

RRR: Porque lo son. En el caso de El material humano, si yo no ponía la nota aclaratoria, podía pensarse lo contrario. La ambigüedad crea una línea de tensión que a mí me interesa mantener en mi obra. Creo que, cuando se lee este tipo de narraciones, uno siempre está buscando los límites de la ficción y la realidad. Esto provoca que se mantenga atento. Es otro punto de apoyo para la tensión narrativa dilucidar eso. El cerebro humano trabaja así, quiere saber qué es qué. Y si tú lo estás espejeando mediante ese recurso, es como usar un señuelo. Es una estrategia narrativa, digamos.

 

MS: En El material humano aparece una cita del escritor polaco Adam Zagajewski que dice: «Describir nuevas variedades del mal y del bien –he aquí la magna tarea del escritor». Este trabajo o deber, implica ciertas consideraciones éticas que, me parece, se plantean en tu obra, en general. ¿Ha sido conflictivo abordar la realidad guatemalteca de manera honesta a través de la escritura?

 

RRR: Bueno, creo que es la única manera de abordar la escritura. Aunque, en mi opinión, es muy difícil definir en qué consiste esa honestidad literaria. Para mí, no hay ni siquiera esa reflexión, es simplemente como hay que hacer las cosas. Y creo que esa es la tarea del escritor. También se incluye la tecnología, que está amarrada con las posibilidades del bien y el mal y que ha cambiado las modalidades con las que se ejercen o desarrollan.

 

Por eso, quiero hacer hincapié en que yo no pienso en lo que hago a la hora de escribir, pienso después en lo que hice [risas].

 

MS: ¿Nunca has sentido que lo que escribes pudiera ser percibido como oportunismo literario?

 

RRR: Sí y probablemente lo que he escrito ha sido oportunista. Yo creo que el trabajo del novelista es una tarea dudosa, ya que te apropias de cosas que son ajenas y creas algo que es tuyo. Eso puede ser cuestionado desde un punto de vista extraliterario. Desde lo literario es meramente tu trabajo. Es como el trabajo del médico: es cuestionable y debe ser cuestionado cuando hay mala praxis.

 

No sé si vale la pena cuestionarse si la literatura es ética o no. Narrar la vida de los otros puede ser un acto de apropiación ilícita. No pides permiso, evidentemente. Aunque es probable que si pidieras permiso terminarías por no escribir. El acto creativo puede ser cuestionable, pero una vez que estás adentro de ese juego ya no. Es como la ética entre ladrones [risas].

 

MS: Esto lo pregunto porque, a veces, el escritor suele ser juzgado con mayor severidad que el periodista, digamos.

 

RRR: Sí y a eso me refiero. Creo que la única ética –cuando menos para mí– es tratar a los demás de la misma manera que me trato a mí. Tratarse a uno como trata a los demás, creo, es la única medida ética. Si pides que los demás muestren su juego, tú muestras tu juego. Eso tiene implicaciones que pueden ser complicadas, es algo que solo tú puedes juzgar, hasta dónde juegas de manera honesta. Pero yo sí me lo impongo, «yo voy a tratar así a este personaje o a mi narrador lo voy a llevar hasta este límite».

 

MS: Varios países latinoamericanos han creado comisiones para la verdad histórica o para la recuperación de la memoria. ¿Cómo se inscribe la literatura en la construcción y rescate de la memoria histórica? ¿Crees que juega un papel importante o se subestima su participación?

 

RRR: Me gusta pensar que todo es literatura. Como escritores, estos documentos los tratamos como literatura y como material documental, al mismo tiempo. Parafraseando a Borges, la literatura es un ejercicio a través del cual leemos a los demás y nos leemos y somos leídos, un ejercicio en el que escribimos a los demás y, a la vez, nos escribimos y somos escritos. Las obras literarias son las mejores pruebas de la humanidad, testimonios, a veces, acusatorios, a veces, apologías del ser humano. Las novelas son documentos, creo, que dan más fe y de manera más transparente sobre la humanidad, que la historia, por ejemplo. Y, desde un punto de vista extraliterario, creo que la literatura es un documento válido e igual de importante que el material histórico-documental, ya que es algo más que recopilación de datos, mera estadística o nota de periódico, pues logra transmitir la manera en como nosotros sentimos y pensamos.

 

MS: Cuando estuviste en el Archivo de la Policía Nacional, donde te relacionaste con las personas de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, ¿cómo fue percibido tu trabajo como escritor?

 

RRR: Con gran desconfianza [risas]. De hecho –esto no entró en el libro porque lo supe después– el motivo por el que me impidieron volver al Archivo no fue judicial, como yo imaginaba en mi paranoia. Fue, realmente, una especie de historia de celos por parte de los investigadores que estaban ahí –historiadores, sociólogos, ex guerrilleros y activistas–, ¿qué estaba haciendo un escritor de ficción escarbando ahí, cuando a ellos les habían hecho firmar un contrato de confidencialidad? Reclamaron el que yo hubiera llegado ahí para divulgar los hallazgos del Archivo como un privilegio. Me veían como un intruso, con razón o no. Fue una jugada hostil y doble porque nadie se quejó directamente conmigo. Gente de la Comisión fue la que pidió que ya no se me permitiera el acceso al Archivo. Eso me dolió un poco. Gente joven que trabajaba ahí fue ante la autoridad y protestó. Me pareció muy chivatesco. Se quejaron de mí por celos profesionales, porque también entre ellos había gente con aspiraciones literarias, pero ellos habían firmado un contrato de confidencialidad, en cambio, yo no firmé nada. Yo entré al Archivo como un espía doble [risas]. El director que me dejó entrar me dijo: «no le digas a nadie qué estás haciendo aquí». Sin embargo, la protesta llegó a sus superiores. Eso puso en riesgo su trabajo, así que no pudo hacer nada al respecto cuando me prohibieron el acceso.

 

MS: Es curioso que ciertos escritores, como Mario Vargas Llosa y Fernando Savater, han criticado plataformas como Wikileaks y el derecho a la información. ¿Cuál es tu opinión sobre este tipo de servicios que intentan garantizar este derecho?

 

RRR: Muy equivocado Vargas Llosa. Creo que es un gran servicio el que nos prestó Julian Assange al divulgar toda la ropa sucia de los gobiernos. Tal vez hubo un momento en que uno podía creer que lo que defendían los estados o los principios por los que decían actuar eran lícitos, pero, actualmente, cuando hay evidencia de que estos estados son criminales, no creo que haya que encubrirlos. No es lo mismo hablar de esto en el siglo XIX o principios del XX, donde todavía se podía ser ingenuo. Ahora, saber que un gobierno actúa de mala fe y negarte la prueba de que ha actuado de manera criminal y que le ha mentido a su propio pueblo, al que deberían estar sirviendo, guardar ese secreto no es justificable porque no es lícito. A menos que uno crea, ingenuamente, que esos estados están luchando por el bien y la libertad o que se trata de una guerra entre el bien y el mal. Y no creo que Vargas Llosa crea eso, en su fuero interno.

 

MS: En El material humano se rumoraba que el director del Archivo, un ex guerrillero, había cometido crímenes, como asesinatos y secuestros, en pro de su movimiento. Después, se revela que, efectivamente, los realizó, pero que se arrepintió y consideró un deber decirle la verdad a los familiares de las víctimas, ¿esto es verídico? ¿Cuál es tu opinión?

 

RRR: La ideología en la cuestión judicial no debería tener lugar. En el caso de la rebeldía política, es un derecho humano. No creo que a un grupo rebelde se lo pueda condenar por ser rebelde. Los ciudadanos tienen derecho a la rebelión si el estado es un estado criminal. En el caso del director del Archivo, éste sí incurrió en una falta. Es posible que lo juzguen, él y otros están en espera de juicio. Pero creo que no se puede pedir más: reconocer tu falta, arrepentirte y ponerte a disposición de la justicia, que decidirá absolverte o castigarte. Me parece la postura de este personaje ejemplar y que no se le puede pedir mucho más a alguien que confiesa su crimen y se arrepiente.

 

*

Al terminar la entrevista, continuamos platicando sobre las semejanzas y diferencias entre la historia guatemalteca y la mexicana, específicamente, la yucateca: la Guerra de Castas, las haciendas, el asesinato de Felipe Carrillo Puerto, la jerarquía social y la discriminación a los indígenas. Llegamos a la conclusión de que la Historia es una obra de ficción, tal vez, la más vertiginosa que existe.