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El carnaval más agreste del mundo

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Toda una mitología rodea al carnaval de Veracruz, evento que muchos conocen pero cuya trayectoria histórica está envuelta con la salada bruma del pasado. Para conocer la fecha y el motivo de su origen, así como su relación con la violencia y el crimen, Juan E. Flores Mateos arma un relato a varias voces y recopila testimonios orales de una ciudad sin archivos ni historia. Esta es una interpretación desmadrosa y colectiva de la gran fiesta del puerto jarocho.


 

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Bajo aquella negra pasión del cielo el tiempo parece congelarse. Un joven delgado y sin camisa toma con sus dos manos una de las numerosas vallas de color naranja y la arroja hacia un grupo de marinos vestidos de blanco. En medio del bullicio, dos jóvenes más repiten la acción. Las vallas caen sobre los marinos, quienes por un momento se ven reducidos e indefensos ante la furia de estos tres muchachos. En las gradas nadie entiende lo que sucede, pero la gente baña a los marinos con una rechifla. El Pollo, un amigo que va con nosotros, reconoce al primer agresor: «¡A huevo, es el Johny de la Sexta! ¡A huevo Johny! ¡El Infona vive!».

 

Pollo me cuenta cómo conoció al Johny. Me cuenta que el Johny anda triste por la muerte de su hermano Paco, quien fue una leyenda en su barrio y que en 2007 se suicidó tras sufrir una profunda decepción amorosa. Paco le ganó el brinco a la mafia local, que también quería acabar con su vida.

 

Pollo interrumpe su relato en el momento en que una comparsa se une a los marinos y entre todos someten a los tres amigos. Ya en el piso, los golpean salvajemente. Desde las gradas la gente, que momentos antes echaba porras a los muchachos, vitorea y pide que los maten en ese mismo momento. Llegan los policías. Para «imponer respeto» abusan del monopolio de la violencia con que el Estado los ha investido. Bajo los negros pasamontañas se oculta el temible rostro de nuestra autoridad. Levantan a los chicos y se los llevan entre jalones, empujones e insultos.

 

La prensa hará caso omiso de este suceso. Como cada año, los corresponsales solo cubrirán el lado bonito de la fiesta: declaraciones de políticos y de miembros de la Corte Real en las que se afirma que no hay fiesta más alegre y familiar que el carnaval de Veracruz. Es sintomático que junto a las gradas de los funcionarios del Ayuntamiento –a las que puede llegar el gobernador si existe buena relación con el alcalde en turno– estén las gradas exclusivas para la prensa, cuyos reporteros son consentidos con cerveza gratis y bocadillos pagados con el erario público.

 

Durante el carnaval, los titulares de los medios locales se dedican a embelesar a un imaginario lector con cifras millonarias sobre la derrama económica percibida por restaurantes, hoteles y marcas cerveceras. Derrama económica generada por hipotéticos turistas que nadie ve ni verá jamás.

 

Mientras los policías se llevan a los jóvenes con las playeras estiradas hasta la nuca y los rostros cubiertos, una señora exclama: «Es una fiesta familiar. Ojalá encierren a esos vándalos». Mi amigo discrepa: los tres muchachos son dignos representantes del barrio que los ha criado. Merecen honor, pues han demostrado que la Sexta «todavía vive» y es barrio emblemático del puerto jarocho.

 

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El carnaval es una fiesta tan compleja como su público. Es mucho más que coronar a una reina «carabonita», beber cerveza y mirar el paseo de comparsas y carros alegóricos desde una grada. En el imaginario porteño, el carnaval es esa temporada de desfogue en la que una ciudad costeña asume su presunta liberalidad, aunque no exista nada más conservador que establecer un lapso para ello: desbordarse una semana para portarse como un lindo corderito los demás día del año.

 

El español Flores Martos, doctor en antropología, hizo entre junio de 1993 y febrero de 1997 una vasta etnografía sobre el puerto de Veracruz llamada Portales de múcara. En ella escribió:

 

El carnaval es el tiempo donde debutan cada año los putos, un momento festivo donde algunos varones se alocan o salen del armario. Es el tiempo en que otros individuos –varones– en ocasiones casados, hombres de familia y relevancia pública en la ciudad se alocan por unos días y les sale lo puto que llevan dentro.1

 

Para cierta gente adinerada, sin embargo, el carnaval es la oportunidad para huir del caos en el que el pueblo se baña: irse a esquiar en la nieve o pasar los días en algún otro lugar de la república «menos salvaje y naco». Antes de que desfilara la Policía Naval, muchos porteños aprovechaban la oportunidad para pasar factura a los intermunicipales por todas las vejaciones sufridas durante el año. Los recibían con rechiflas y reproches: «Pinches puercos, perros desgraciados, hijosdelaverga».

 

Para los niños el carnaval es la oportunidad de mirar carros alegóricos y hacerse de dotaciones de dulces o pelotas que presumirán orondos, como trofeos de guerra, al volver a la escuela. Para el ambulantaje el carnaval es hacer el agosto en febrero. Para el fuereño o arribeño representa sentir que se es de Veracruz. Para el porteño de clase media cotorrear2 con la banda y para el porteño de barrio es la oportunidad perfecta para vulnerar la ley: tumbar3 cadenas y celulares o picar4 a quien la debe. Para la administración en turno, la fiesta jarocha es la mejor oficina de comunicación social: la concentración de la gente en una sola avenida es un escaparate perfecto para presumir la afluencia de turismo y la hospitalidad del pueblo porteño.

 

Aquí todo mundo tiene cabida: el carnaval es de quien lo trabaja. Para Flores Martos, es «desbordarse» dentro de los límites del «desorden organizado», controlado por marinos vestidos de blanco con toletes en las manos y gente del Comité del Carnaval que viste de rojo y presume la identidad partidista de un estado que no conoce la alternancia. El desorden organizado implica «bailar parejito, no salirse del límite establecido».5

 

«El chiste es bailar para conseguir chelas gratis mientras abrazas a las viejas o les manoseas el culo, papi, ya tú sabe’», me dijo una vez un comparsero borracho. «Pero nunca abandonar tu comparsa, loco. Abandonar la comparsa es como abandonar el barrio, y el barrio nunca se abandona».

 

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Es normal que las viejas generaciones digan que el carnaval ya no es una tradición popular, lo cierto es que su espíritu jamás fue ser tal. El carnaval fue creado para instaurar un pacto social entre gobiernos, empresarios y trabajadores sindicalizados, y resurgir la vida comercial en el puerto después de los desbarajustes sociales entre patrones y trabajadores de la Federación de Trabajadores Mar y Tierra y la Asociación Patronal de Veracruz. Corría la década de 1920.

 

En un principio el paseo era pequeño, pues la ciudad también lo era. «Era una fiesta de jarochos para jarochos. Con el aumento de las conexiones de autopistas se convirtió en una fiesta para público nacional», dice el doctor Romeo Cruz Velázquez, encargado del Archivo Histórico de Veracruz.

 

Año: 1925. El escenario: las calles Independencia y 5 de Mayo. La fiesta: una mezcla alegre de bromas pesadas y mentadas de madre que iban y venían como saludos. En aquel entonces, la gente sacaba sus sillas a la banqueta, armaba la tertulia y, profiriendo groserías, vivía el carnaval como una gran fiesta familiar.

 

A finales de los años ochenta el carnaval intentó mudarse a la avenida Miguel Alemán, lo cual no funcionó porque, en palabras del doctor Romeo, «era una calle gris, sin el sabor que el carnaval necesitaba, era una calle larga donde chilangos venían el día de Reyes para vender sus productos». Al año siguiente la fiesta se mudó al bulevar, donde se celebra desde entonces.

 

En un principio el cambio no fue bien recibido porque el paseo se veía muy difuminado, se creía que el bulevar era muy grande para albergar una celebración tan pequeña. Sin la tecnología de ahora, dice el doctor Romeo, los carros alegóricos de antes eran más vistosos: «Cuando niño lo que me gustaba era ver los carros y las comparsas, pero ahora que fui observé carros bien pelones con apenas una palmera donde lo atractivo son las muchachas de buena figura contratadas por las marcas cerveceras». Es por ello que se dice que el carnaval «ya no es una fiesta para goce del mismo pueblo», sino un monopolio monetario para goce de empresas cerveceras y altos funcionarios.

 

El carnaval siempre estuvo ligado al alcohol, pero fueron las cerveceras Sol y Superior las que monopolizaron el mercado carnavalesco a finales de la década de 1990. El doctor Romeo recuerda que su mamá le contaba que Toña la Negra alguna vez cantó para un puesto de la Corona, pero era libre y público, no era necesario consumir esa marca.

 

Ahora el bulevar es un caos anual. El festín de orines, caca y agua salada más grande del mundo. La oportunidad dorada para que los piratas del nuevo siglo y de tierra firme se hagan con un botín de cadenas, carteras, relojes, alcohol y nalgadas al culo ajeno, aunque el gobierno proclame que se trata del carnaval más alegre y familiar del mundo.

 

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La violencia en el carnaval, que se traduce en batallas campales entre barrios populares, no es para nada nueva. Sin embargo, entre las viejas generaciones es mito común creer que en el Veracruz de antaño, donde un tranvía conectaba la ciudad, «la gente era tranquila y menos violenta». Esto es una completa falacia que se puede desmentir con la existencia, durante la primera mitad del siglo XX, de los famosos capuchones o encapuchados, personas vestidas completamente de negro con pinta de verdugos, al estilo del Ku Klux Klan. Su vestimenta «consistía en un traje, habitualmente negro compuesto con túnica y capucha que ocultaba el rostro de su portador, quien a su vez fingía la voz para ocultar su individualidad y su sexo».6 Los capuchones se prohibieron desde la década de los cincuenta porque, según la memoria colectiva, se empezaron a utilizar para ajustes de cuentas, venganzas y asesinatos. Lo que comenzó como una técnica para ocultarse en la fiesta por «el qué dirán» terminó siendo pretexto para cometer crímenes.

Desde la década de los setenta existían ya las batallas campales. Piteco, del viejo barrio del Azúcar (formado por las calles de Azueta y Carranza) era un chamaco. La coronación de la Reina ya no se hacía en el Parque Deportivo Veracruzano –un estadio de béisbol que ahora se conoce como Parque Ecológico– sino en el auditorio «Benito Juárez». Hoy, con más de 60 años de aventuras barriales y callejeras entre sus canas, Piteco cuenta:

 

Fui con la palomilla al Zócalo. Era un sábado, si no mal recuerdo. Iban a coronar al Rey del carnaval. Esperábamos el desfile cuando un cuate, el Yoni, le robó la gorra al Archi. El Yoni no se dio cuenta de que el Archi venía con un chingo de flota,7 eran como cuarenta y nosotros como quince. Cuando me di cuenta de que éramos menos pensé que ya no la contaría, pero iban con nosotros el Toro Candiani y su hermano Mario, que era obrero del muelle y venía con su flota de los astilleros.8 Nos dimos con todo, la flota del Archi se escondió en los Portales, otros se fueron corriendo por 5 de Mayo.

 

Hacia los noventa, los pleitos dejaron de ser entre palomillas y pasaron a llamarse refuegos. Antes del establecimiento de los Zetas en el puerto, estos refuegos entre barrios y territorios eran comunes, una especie de bautismo de fuego para mostrar virilidad y poderío ante otros barrios. Algunos pleitos, ya en este nuevo milenio, se creaban en la red, en Metroflog y Fotolog, donde estos chicos subían con frecuencia fotos donde se mostraban con cuchillos, o fotos grupales que resaltaban muy bien el estereotipo de estos jóvenes que usan mucho gel en la patilla, visten con jerseys de fútbol y capri pants que llegan a media pantorrilla.

 

Es habitual encontrar a estos chicos contando sus aventuras, el Pichal, de la colonia Hidalgo me cuenta una de estas epopeyas:

 

Estuvimos en la playa antes de que empezara el primer desfile. Chupando, por supuesto, y en eso pasó corriendo frente a nosotros un chavo de Río Medio. Atrás de él, venía correteándolo un vale nuestro porque el de Río Medio le había robado un celular a la chava de nuestro vale, por la zona de gradas. Se fue a meter a la boca del lobo y entre todos lo detonamos,9 loco. Una banda que andaba ahí se llevaba con el morro y uno de ellos se metió y también lo prendimos,10 después se metieron todos contra todos y empezó la campal. Me detonaron, pero me llevé a uno que otro. Nos repartimos de golpes y al final cada quien salió por piernas porque llegaron los marinos, que prensaron11 a varios que no se pudieron fugar a tiempo. Luego nos los volvimos a encontrar durante el paseo, pero salieron de pepas12 corriendo porque nosotros éramos como veinte y ellos apenas siete. Si no corrían, los agandallábamos en ese momento.

 

El carnaval es una fiesta de contrastes: de las prensa rosa del Dictamen a la nota roja del Notiver. Del local que agandalla a los turistas que, estigmatizados por la prensa como «los de jícama y horchata», tratan de salir de su propia rutina cotidiana. Una fiesta para los que se quedan por los que se van, para los que lo odian y lo aman: La contradicción de ese eslogan gubernamental «el carnaval más alegre del mundo». Celebración familiar que convive con la fiesta de la tarima, donde las muchachas se encueran por una playera. La fiesta de la carne de un puerto que, aunque pudre hasta el fierro, es el de todos los amores y todos los olvidos y el único que tenemos.

 

Juan E. Flores Mateos

 

Esta crónica fue publicada originalmente en la revista nini número 6, dedicada al tema de «la tradición». Para conocer más sobre el sexto número de la nini, haz clic acá. Para visitar la bitácora del autor de esta crónica, haz clic acá.