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El gran engaño de la Guelaguetza

En 1958 un indignado gobernador oaxaqueño se hartó de los sones y bailes jarochos que la delegación tuxtepecana presentaba en la Guelaguetza, así que giró instrucciones al presidente municipal de Tuxtepec: «Vas y me haces un baile que se vea más oaxaqueño», le dijo. En este artículo Pedro Velarde hace un recuento de la invención y posterior disputa respecto a uno de los bailes tradicionales más afamados de la Guelaguetza: la «Flor de Piña».

 

«El gran engaño de la Guelaguetza», fue publicado en este blog como parte de las actividades de la nini en la Primera Jornada de Colaboración y Autoedición que se llevará a cabo del 11 al 16 de abril del 2016 en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y en el marco de la cual los editores de la revista darán un taller de creación editorial y una presentación del proyecto nini.

 

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Ya se escuchan los acordes
de música sin igual
y una feria de colores
el atavío regional
que lucen bellas mujeres
de mi rincón tropical.
Con un porte señorial
hacen su entrada triunfal
luciendo primores mil
los bordados del huipil.

 

 Felipe Matías Velasco, poeta tuxtepecano.

 

Oaxaca de Juárez se sacude los graffitis, las pancartas y las manifestaciones para celebrar la gran fiesta local: la Guelaguetza. Desde el despunte del alba, el Cerro del Fortín comienza a llenarse de gente. Primero a cuentagotas, luego a raudales. Conforme se aproxima la hora, las gradas van atestándose y la banda de música, conformada casi en su totalidad por indígenas que aprendieron notación musical antes de aprender el alfabeto, comienza a afinar. No es necesario repartir particella alguna: los músicos llevan toda una vida interpretando las piezas que van a ejecutar dentro de poco.

 

Inicia el festejo. Dos horas de una variedad dancística proveniente de ocho regiones diferentes: Cañada, Costa Chica, Istmo, Valles Centrales, Mixteca, Sierra Norte, Sierra Sur y Cuenca del Papaloapan. Cada delegación lleva a la fiesta productos típicos que serán compartidos con los locales. Algunas danzas brillan con luz propia, muchas otras aburren al público, el cual se contenta con obtener alguna de las ofrendas. Desde su palco, el gobernador en el cenit de su poder, permanece impávido a lo que sucede. Las personas del público aguardan con impaciencia una sola presentación, como si los otros bailes fuesen meros teloneros, saben que lo que esperan se presentará al final, de no ser así el evento perdería buena parte de su público. Finalmente, tras casi dos horas de baile, llega el momento.

 

Un hombre vestido de impecable guayabera toma el micrófono: «Buenos días México, buenos días a todos los asistentes. Solo les vengo a decir que acabamos de llegar, medio viaje fue subir y medio viaje fue bajar. La montaña atravesamos, la friega fue inclemente, pero qué tal, ya llegamos, ¡Tuxtepec está presente!». La euforia estalla apenas termina de pronunciar tales palabras. Un fuerte golpe de platillos marca el inicio, la banda toca el preludio de la coreografía de Flor de Piña. El acto dura menos de ocho minutos, pero deja satisfecho al público. Las ofrendas, principalmente piñas y caña de azúcar, son repartidas. Por la noche, en la segunda función de la Guelaguetza, el número se repite paso por paso con la particularidad de que ahora se encienden fuegos pirotécnicos. Termina la parte elitista en el simbólico Olimpo que es el Cerro del Fortín, estalla la fiesta del «vulgo» en las calles. Del «El Llano» hasta el Zócalo se desata la algarabía. Litros y litros de mezcal, aquel elixir que fascinó al mismísimo Aldous Huxley,1 corren por las calles como ofrenda; a quien se le ofrece debe beber cuanto le den, porque es considerado una ofensa el rechazarlo. Las chicas tuxtepecanas son asediadas por los bailarines de las otras delegaciones, pero muchas de ellas prefieren coquetear con los turistas de piel más clara. Ha sido un éxito total, los visitantes se van felices de haber admirado tan bello bailable tradicional, típico y autóctono.

 

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Lo cierto es que Flor de Piña es producto del lucimiento del poder y la voluntad de atraer a visitantes. La gestación del baile tuvo lugar en 1958. Antes de ese año la delegación de Tuxtepec era invitada irregularmente a la Guelaguetza debido a que cometía el grave pecado de llevar sones jarochos a la cima de la Sierra Juárez. Su lugar era ocupado por la ciudad vecina y rival, Loma Bonita. En tal año, el entonces gobernador Alfonso Pérez Gasca giró un oficio al presidente municipal de Tuxtepec, Ángel Brocado, regañándolo por enviar sones jarochos e instándolo a crear una danza regional que representara dignamente a la región de la Cuenca. El alcalde, decidido a lucir a su municipio, encomendó a la profesora de primaria Paulina Solís Ocampo coreografiar una hasta entonces desconocida composición del oaxaqueño Samuel Mondragón. Como la danza no era lo suficientemente larga, pues duraba poco más de dos minutos, tomaron el vals La Tonalteca, del chiapaneco Alberto Peña Ríos, como música de entrada, con la finalidad de alcanzar el mínimo de ocho minutos exigido por el gobernador Pérez Gasca. El meticuloso proceso de creación de la danza fue casi un experimento de laboratorio: mezcló en dosis certeras un vals chiapaneco, la música desconocida de un compositor de los Valles Centrales, unos pasos de baile rápidos, sincopados y sensuales que recordaban al galop de Orphee aux enfers y una piña típica en torno a la cual gira el baile. No por nada el periodista y cronista tuxtepecano, Gustavo Santaella, se ha referido satíricamente al bailable como «cancán de piña». Para rematar el acto, se encargó al poeta y artesano local Felipe Matías Velasco la redacción de un poema que, a manera de introducción se recitara al inicio de la danza. La prueba de fuego ocurrió en julio de ese mismo año. Fue un éxito total: el bailable desató la euforia y fascinación. Lo novedoso, la música animada que contrastaba con las melancólicas melodías de las otras regiones, los pasos ágiles, la piña al hombro y la participación exclusiva de mujeres jóvenes fueron los principales factores de su triunfo.

 

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Este bailable hecho ex profeso para deleite del turista fue la sensación desde que se presentó por primera vez y ahora es el más esperado de la fiesta eclipsando a otros, como la centenaria Danza de la Pluma. Tal ha sido el prestigio que ahora varios municipios de la Cuenca se disputan con Tuxtepec la adjudicación del bailable. En una demostración de poder los presidentes municipales tratan de incluir el mayor número de mujeres de su respectivo municipio en la delegación que se presentará en la capital. El municipio que más ha disputado con Tuxtepec la titularidad del baile ha sido Loma Bonita2, la otrora «capital mundial de la piña». Esta localidad ha echado mano del argumento de que la piña es su producto emblemático –en 1970, incluso, sus representantes se dieron el lujo de regalarle al presidente Luis Echeverría una piña de oro puro–. Los ediles tuxtepecanos, sin embargo, han sido férreos defensores del bailable como patrimonio local, tanto así que finalmente en 2011, el alcalde Gustavo Pacheco3 consiguió que la profesora Solís Ocampo negara definitivamente ceder los derechos a otro municipio que no fuera su Tuxtepec natal.

 

Hoy en día se ha formado un comité de autenticidad que evalúa a las candidatas para integrar la delegación. Los requisitos son específicos: no mayor de 22 años de edad, de belleza general y habilidad corporal. Es indispensable poseer al menos tres huipiles para la fiesta –los cuales son costeados por la aspirante y deben ser de diario, media gala y gala–, aspecto que representa un fuerte desembolso, pues los huipiles hechos en telar de cintura llegan a costar varios miles de pesos. La aspirante debe asistir a exigentes ensayos donde cada inasistencia es acumulable, al juntar tres causa baja automática. Con los años, el ser parte de la delegación de Flor de Piña se ha vuelto un símbolo de estatus en la sociedad tuxtepecana, por tal motivo buena parte de las integrantes provienen de las familias que detentan el poder político y económico local. Esto ha traído críticas al considerarse que el baile se ha vuelto un fenómeno elitista y que no representa fielmente la composición étnica de la región, pues las muchachas escogidas son de piel clara y estatura más alta que la promedio.

 

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Con todo, la danza ha ganado popularidad a nivel mundial, llegando a ser interpretada su música por la filarmónica de Tokio y otras orquestas. Flor de Piña de Samuel Mondragón y Alberto Peña ha corrido con la misma suerte que el Sirtaki, melodía compuesta por Mikis Theodorakis para la película Zorba: se ha vuelto tan memorable que está ligado íntimamente al folklor y tradición oaxaqueña aunque haya sido creada hace solo cinco décadas.

 

*

 

Publicado originalmente en el sexto número de la revista nini (que puedes adquirir en en línea), este artículo fue escrito por Pedro Velarde. Velarde (Tuxtepec, 1992) es un joven médico interno de pregrado. Galeno con alma de humanista. Melómano, nerd, reaccionario y orgulloso libertario. Cree que el estado original del hombre es la libertad absoluta, aunque en estos momentos él mismo se haya «esclavizado» al sistema.

 

Marchar y lo que le sigue

Con este artículo, Diego Salas da respuesta y seguimiento a la opinión de Lalo Santos que fue publicada el día 8 de marzo del 2016 en este mismo blog. El artículo de Lalo Santos que generó esta reflexión puede ser consultado haciendo clic aquí.

 

Como señaló Lalo Santos, es onanismo social pensar que con marchar habremos cumplido con nuestra misión redentora por la educación pública.

 

Creo que invadir el paso vehicular resulta inútil si creemos que esta estrategia es el punto central de presión política. Por lo menos desde el sexenio de Felipe Calderón quedó patente la inmunidad de la clase política a las marchas y manifestaciones, particularmente con las movilizaciones contra la desaparición de Luz y Fuerza del Centro y las megamarchas por la paz, que tuvieron poco impacto en el destino del país.

 

Desde el sexenio de Felipe Calderón quedó patente la inmunidad de la clase política a las marchas y manifestaciones

 

No obstante, la relevancia mediática de estas estrategias resulta indiscutible. A pesar de todas las aseveraciones que hizo la misma rectora de la Universidad Veracruzana (UV), Sara Ladrón de Guevara, en meses anteriores, hoy la UV promueve una denuncia penal y una marcha en contra del gobierno del estado de Veracruz. Se trata de una declaración de guerra. Deberíamos capitalizar esta coyuntura mediante distintas acciones para las que estamos capacitados los miembros de la comunidad universitaria: producir crónicas y reportajes que den cuenta cabal de la situación en una realidad local, regional, nacional e internacional; diseñar «apps» orientadas a la distribución de contenidos vinculados a la corrupción del gobierno en curso; cortometrajes, canciones, standups, ensayos o cualquier otra cosa que nuestra formación como universitarios nos permita producir y canalizar a través de todos los medios que darán cobertura a este conflicto en los próximos meses. Si nada de esto ocurre, si no proporcionamos contenidos relevantes al aparato mediático, la nota se enfriará en un mes, tiempo suficiente para que los partidos políticos agresores recuperen votantes de cara a las elecciones, y entonces habremos perdido.

 

La UV promovió una denuncia penal y convoca a una marcha en contra del gobierno del estado de Veracruz. Se trata de una declaración de guerra.

 

Entonces, ¿qué es lo que está en juego? De entrada, el pago de la deuda con la Universidad Veracruzana, el respeto a su autonomía y la garantía de pago a los pensionados por parte de quienes son responsables de ello. Pero esta batalla también definirá el papel de la universidad pública en la distribución del poder político. Si la UV logra el pago de la deuda, o cataliza por lo menos la renuncia de Javier Duarte a escasos meses de las elecciones estatales, estará mandando una señal de humo sobre la fuerza que tienen las instituciones educativas en la conducción de las políticas regionales. Aunado a eso, hay que recordar que uno de los candidatos independientes para la presidencia de la república en 2018 es el exrector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente. Si la UV obtiene lo que quiere total o parcialmente, evidenciará algo que desde los movimientos estudiantiles de 1971 parecía perdido: que la red de universidades públicas del país representa un motor político igual o más potente que el de los propios partidos; que la universidad pública es un poder social que se fundamenta en la credibilidad de demostrar mediante auditorías y acreditaciones constantes que es una institución que sí funciona para lo que fue creada, a diferencia de otras instituciones, como los partidos políticos.

 

Si logramos nuestro cometido, estaremos mandando una señal de humo sobre la fuerza que tienen las instituciones educativas en la conducción de las políticas regionales.

 

Por supuesto, también está en juego la relección de la rectora Sara Ladrón de Guevara el próximo año. El asunto catapultaría su popularidad dejando atrás la medianía y tibieza con la que se condujo durante los primeros dos años de su gestión. Pero este asunto podemos cobrárselo en la casa.

 

Dicen que en realidad estamos peleando la quincena, pero hay algo más, en el fondo hay algo más: la esperanza de que por fin los actores de la vida política se redefinan, y entonces sí, las cosas comiencen a cambiar para todos.

 

Diego Salas

 

Yo no fui a la marcha

Esta reflexión de Lalo Santos fue publicada el 8 de marzo del 2016 y generó numerosas reacciones. Entre ellas, el artículo de Diego Salas titulado «Marchar y lo que le sigue», publicado en esta misma revista al día siguiente, 9 de marzo.

 

Iba a ir a la marcha, pero un sentimiento de hipocresía invadió mi cuerpo. Luego de meditarlo un poco, decidí que el mayor acto de coherencia que podría ejecutar era quedarme en casa a leer un poco y escribir esto.

 

¿Por qué ir a esta marcha? Seguramente, alguien que sí fue contestaría que «es necesario defender a la Universidad Veracruzana de los ataques de este gobierno». ¿Por qué «defender» ahora a la UV y no hace un año, hace dos? «Porque nunca como ahora se había puesto en riesgo el futuro de la Máxima Casa de Estudios», contestaría alguien más que también fue a la marcha. Respuestas acertadas que no llegan a la médula de mi duda: ¿por qué permanecimos inactivos tanto tiempo, por qué hemos permitido que se desmantele el sistema educativo del país, por qué siempre tapamos el pozo después de ahogado el niño, y el sol con un solo dedo? ¿Una marcha puede desencadenar una solución favorable? Y después de la marcha, ¿qué? ¿Unas chelas, un café?

 

¿Por qué hemos permitido que se desmantele el sistema educativo del país, por qué tapamos el pozo después de ahogado el niño?

 

Una marcha es una masturbación multitudinaria: hacemos pancartas, gritamos ingeniosas frases, sentimos —en el mejor de los casos— que estamos haciendo algo por «el bien de la sociedad». Llegamos a un éxtasis —en el mejor de los casos— y después a limpiar el desorden, a recoger las cartulinas, a olvidar las consignas, a modular la voz. Lentamente se retraen los pensamientos más altos y dignos que durante la marcha nos ocupaban el pecho. Fin del mitin, fin de la masturbación. Aquí se rompió una taza, cada quién para su casa. Ya hice mi acción del día, ya puedo dormir en paz. El receptáculo de la cotidianidad es el mejor sitio para las utopías. No tiene que pasar siquiera un día para que, de forma pasiva, fortalezcamos aquello en contra de lo cual marchamos. Las marchas, hoy en día, como acción revolucionaria, bien pueden clasificarse dentro de la misma categoría en la cual se encuentran el «me gusta» o el «compartir» de Facebook.

 

Fin del mitin, fin de la masturbación. Aquí se rompió una taza, cada quién para su casa. Ya hice mi acción del día, ya puedo dormir en paz.

 

Como toda masturbación, una marcha es sólo un aplazamiento, un desfogue rápido y práctico: cinco minutos bajo la regadera me ahorran el trabajo de seducir —o pagar— para tener un contacto sexual. Es el olvido consciente de la perenne inmovilidad. Así, en buena medida, las marchas, más que un vehículo de protesta, manifiestan el grado de sofisticación al cual pueden llegar los métodos de manipulación. No quiero pasar por «conspiracionista», es muy sencillo: somos tan perezosos que creemos que con marchar ya hemos resuelto el mundo, luego de la marcha el espíritu revolucionario se diluye, y después, ¿unas chelas?

 

Un sentimiento de contradicción me embargó, por eso no fui a la marcha. La UV es una institución (desde mi burbuja de la Facultad de Letras) cuyo impacto positivo, no sólo en Veracruz, sino en buena parte del sureste, es palpable. Creo que nadie en su sano juicio pondría en duda la validez de respaldar a esta institución educativa. Es el cómo y el cuándo los que me levantaron inquietudes. Soy pesimista: una sociedad que permite a individuos tales como Fidel Herrera y Javier Duarte controlar el gobierno, ¿será capaz, ya no de fortalecer, sino siquiera de cuidar una institución como la UV? ¿Qué significa la UV para el burócrata, para el policía corrupto, para un carterista, para la señora que vende empanadas en una colonia de la periferia de Xalapa? ¿Qué significan para mí los problemas de esas personas? No vayamos tan lejos, ¿qué significa la UV para el estudiante que entrega trabajos finales mediocres de un día para otro, que hace trampa en los exámenes, que llega tarde a las clases o muestra poco interés en ellas? ¿Qué significa la UV para todos aquellos que pueden ser los más aguerridos defensores de la educación durante dos horas, pero que el resto del tiempo toman una actitud pasiva en la adquisición del conocimiento, sin promover el intercambio verdadero de las ideas? ¿Es coherente marchar y continuar con aquellos vicios que socavan más a la universidad que la falta de presupuesto? Espero que esta marcha logre sus objetivos y que todos aquellos que participaron, como mínimo acto de coherencia, defiendan a la universidad desde la universidad.

 

Creemos que con marchar ya hemos resuelto el mundo, luego de la marcha el espíritu revolucionario se diluye, y después, ¿unas chelas?

 

Lo que hacemos u omitimos, la actitud que tenemos frente a los otros, el grado de responsabilidad que asumimos como elementos de la sociedad repercuten en el sistema político que tenemos y mantenemos. No quiero decir, como ya lo dije, que las demandas de la UV se puedan desestimar, ni tampoco quiero caer en el absurdo de afirmar que solo aquel que esté libre de pecado puede arrojar la piedra (esto conduciría a un silencio acrítico). Cualquier individuo tiene el legítimo derecho de exigir que el gobierno haga bien las cosas. Pero no podemos señalar los defectos de aquel sistema –del cual somos parte– sin realizar una autocrítica. Si somos capaces de marchar un día, por unas cuantas horas, creo que podremos ser capaces de transformar esa marcha en algo más que una masturbación esporádica, una salida fortuita y breve del corral. ¿Podremos hacer que cada día de nuestra vida sea una verdadera manifestación de coherencia entre lo que pensamos –o decimos pensar– y lo que hacemos? ¿Convertiremos esa marcha en una acción genuina para vivir en la universidad que deseamos vivir?

 

Lalo Santos

 

El carnaval más agreste del mundo

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Toda una mitología rodea al carnaval de Veracruz, evento que muchos conocen pero cuya trayectoria histórica está envuelta con la salada bruma del pasado. Para conocer la fecha y el motivo de su origen, así como su relación con la violencia y el crimen, Juan E. Flores Mateos arma un relato a varias voces y recopila testimonios orales de una ciudad sin archivos ni historia. Esta es una interpretación desmadrosa y colectiva de la gran fiesta del puerto jarocho.


 

*

 

Bajo aquella negra pasión del cielo el tiempo parece congelarse. Un joven delgado y sin camisa toma con sus dos manos una de las numerosas vallas de color naranja y la arroja hacia un grupo de marinos vestidos de blanco. En medio del bullicio, dos jóvenes más repiten la acción. Las vallas caen sobre los marinos, quienes por un momento se ven reducidos e indefensos ante la furia de estos tres muchachos. En las gradas nadie entiende lo que sucede, pero la gente baña a los marinos con una rechifla. El Pollo, un amigo que va con nosotros, reconoce al primer agresor: «¡A huevo, es el Johny de la Sexta! ¡A huevo Johny! ¡El Infona vive!».

 

Pollo me cuenta cómo conoció al Johny. Me cuenta que el Johny anda triste por la muerte de su hermano Paco, quien fue una leyenda en su barrio y que en 2007 se suicidó tras sufrir una profunda decepción amorosa. Paco le ganó el brinco a la mafia local, que también quería acabar con su vida.

 

Pollo interrumpe su relato en el momento en que una comparsa se une a los marinos y entre todos someten a los tres amigos. Ya en el piso, los golpean salvajemente. Desde las gradas la gente, que momentos antes echaba porras a los muchachos, vitorea y pide que los maten en ese mismo momento. Llegan los policías. Para «imponer respeto» abusan del monopolio de la violencia con que el Estado los ha investido. Bajo los negros pasamontañas se oculta el temible rostro de nuestra autoridad. Levantan a los chicos y se los llevan entre jalones, empujones e insultos.

 

La prensa hará caso omiso de este suceso. Como cada año, los corresponsales solo cubrirán el lado bonito de la fiesta: declaraciones de políticos y de miembros de la Corte Real en las que se afirma que no hay fiesta más alegre y familiar que el carnaval de Veracruz. Es sintomático que junto a las gradas de los funcionarios del Ayuntamiento –a las que puede llegar el gobernador si existe buena relación con el alcalde en turno– estén las gradas exclusivas para la prensa, cuyos reporteros son consentidos con cerveza gratis y bocadillos pagados con el erario público.

 

Durante el carnaval, los titulares de los medios locales se dedican a embelesar a un imaginario lector con cifras millonarias sobre la derrama económica percibida por restaurantes, hoteles y marcas cerveceras. Derrama económica generada por hipotéticos turistas que nadie ve ni verá jamás.

 

Mientras los policías se llevan a los jóvenes con las playeras estiradas hasta la nuca y los rostros cubiertos, una señora exclama: «Es una fiesta familiar. Ojalá encierren a esos vándalos». Mi amigo discrepa: los tres muchachos son dignos representantes del barrio que los ha criado. Merecen honor, pues han demostrado que la Sexta «todavía vive» y es barrio emblemático del puerto jarocho.

 

*

 

El carnaval es una fiesta tan compleja como su público. Es mucho más que coronar a una reina «carabonita», beber cerveza y mirar el paseo de comparsas y carros alegóricos desde una grada. En el imaginario porteño, el carnaval es esa temporada de desfogue en la que una ciudad costeña asume su presunta liberalidad, aunque no exista nada más conservador que establecer un lapso para ello: desbordarse una semana para portarse como un lindo corderito los demás día del año.

 

El español Flores Martos, doctor en antropología, hizo entre junio de 1993 y febrero de 1997 una vasta etnografía sobre el puerto de Veracruz llamada Portales de múcara. En ella escribió:

 

El carnaval es el tiempo donde debutan cada año los putos, un momento festivo donde algunos varones se alocan o salen del armario. Es el tiempo en que otros individuos –varones– en ocasiones casados, hombres de familia y relevancia pública en la ciudad se alocan por unos días y les sale lo puto que llevan dentro.1

 

Para cierta gente adinerada, sin embargo, el carnaval es la oportunidad para huir del caos en el que el pueblo se baña: irse a esquiar en la nieve o pasar los días en algún otro lugar de la república «menos salvaje y naco». Antes de que desfilara la Policía Naval, muchos porteños aprovechaban la oportunidad para pasar factura a los intermunicipales por todas las vejaciones sufridas durante el año. Los recibían con rechiflas y reproches: «Pinches puercos, perros desgraciados, hijosdelaverga».

 

Para los niños el carnaval es la oportunidad de mirar carros alegóricos y hacerse de dotaciones de dulces o pelotas que presumirán orondos, como trofeos de guerra, al volver a la escuela. Para el ambulantaje el carnaval es hacer el agosto en febrero. Para el fuereño o arribeño representa sentir que se es de Veracruz. Para el porteño de clase media cotorrear2 con la banda y para el porteño de barrio es la oportunidad perfecta para vulnerar la ley: tumbar3 cadenas y celulares o picar4 a quien la debe. Para la administración en turno, la fiesta jarocha es la mejor oficina de comunicación social: la concentración de la gente en una sola avenida es un escaparate perfecto para presumir la afluencia de turismo y la hospitalidad del pueblo porteño.

 

Aquí todo mundo tiene cabida: el carnaval es de quien lo trabaja. Para Flores Martos, es «desbordarse» dentro de los límites del «desorden organizado», controlado por marinos vestidos de blanco con toletes en las manos y gente del Comité del Carnaval que viste de rojo y presume la identidad partidista de un estado que no conoce la alternancia. El desorden organizado implica «bailar parejito, no salirse del límite establecido».5

 

«El chiste es bailar para conseguir chelas gratis mientras abrazas a las viejas o les manoseas el culo, papi, ya tú sabe’», me dijo una vez un comparsero borracho. «Pero nunca abandonar tu comparsa, loco. Abandonar la comparsa es como abandonar el barrio, y el barrio nunca se abandona».

 

*

 

Es normal que las viejas generaciones digan que el carnaval ya no es una tradición popular, lo cierto es que su espíritu jamás fue ser tal. El carnaval fue creado para instaurar un pacto social entre gobiernos, empresarios y trabajadores sindicalizados, y resurgir la vida comercial en el puerto después de los desbarajustes sociales entre patrones y trabajadores de la Federación de Trabajadores Mar y Tierra y la Asociación Patronal de Veracruz. Corría la década de 1920.

 

En un principio el paseo era pequeño, pues la ciudad también lo era. «Era una fiesta de jarochos para jarochos. Con el aumento de las conexiones de autopistas se convirtió en una fiesta para público nacional», dice el doctor Romeo Cruz Velázquez, encargado del Archivo Histórico de Veracruz.

 

Año: 1925. El escenario: las calles Independencia y 5 de Mayo. La fiesta: una mezcla alegre de bromas pesadas y mentadas de madre que iban y venían como saludos. En aquel entonces, la gente sacaba sus sillas a la banqueta, armaba la tertulia y, profiriendo groserías, vivía el carnaval como una gran fiesta familiar.

 

A finales de los años ochenta el carnaval intentó mudarse a la avenida Miguel Alemán, lo cual no funcionó porque, en palabras del doctor Romeo, «era una calle gris, sin el sabor que el carnaval necesitaba, era una calle larga donde chilangos venían el día de Reyes para vender sus productos». Al año siguiente la fiesta se mudó al bulevar, donde se celebra desde entonces.

 

En un principio el cambio no fue bien recibido porque el paseo se veía muy difuminado, se creía que el bulevar era muy grande para albergar una celebración tan pequeña. Sin la tecnología de ahora, dice el doctor Romeo, los carros alegóricos de antes eran más vistosos: «Cuando niño lo que me gustaba era ver los carros y las comparsas, pero ahora que fui observé carros bien pelones con apenas una palmera donde lo atractivo son las muchachas de buena figura contratadas por las marcas cerveceras». Es por ello que se dice que el carnaval «ya no es una fiesta para goce del mismo pueblo», sino un monopolio monetario para goce de empresas cerveceras y altos funcionarios.

 

El carnaval siempre estuvo ligado al alcohol, pero fueron las cerveceras Sol y Superior las que monopolizaron el mercado carnavalesco a finales de la década de 1990. El doctor Romeo recuerda que su mamá le contaba que Toña la Negra alguna vez cantó para un puesto de la Corona, pero era libre y público, no era necesario consumir esa marca.

 

Ahora el bulevar es un caos anual. El festín de orines, caca y agua salada más grande del mundo. La oportunidad dorada para que los piratas del nuevo siglo y de tierra firme se hagan con un botín de cadenas, carteras, relojes, alcohol y nalgadas al culo ajeno, aunque el gobierno proclame que se trata del carnaval más alegre y familiar del mundo.

 

*

 

La violencia en el carnaval, que se traduce en batallas campales entre barrios populares, no es para nada nueva. Sin embargo, entre las viejas generaciones es mito común creer que en el Veracruz de antaño, donde un tranvía conectaba la ciudad, «la gente era tranquila y menos violenta». Esto es una completa falacia que se puede desmentir con la existencia, durante la primera mitad del siglo XX, de los famosos capuchones o encapuchados, personas vestidas completamente de negro con pinta de verdugos, al estilo del Ku Klux Klan. Su vestimenta «consistía en un traje, habitualmente negro compuesto con túnica y capucha que ocultaba el rostro de su portador, quien a su vez fingía la voz para ocultar su individualidad y su sexo».6 Los capuchones se prohibieron desde la década de los cincuenta porque, según la memoria colectiva, se empezaron a utilizar para ajustes de cuentas, venganzas y asesinatos. Lo que comenzó como una técnica para ocultarse en la fiesta por «el qué dirán» terminó siendo pretexto para cometer crímenes.

Desde la década de los setenta existían ya las batallas campales. Piteco, del viejo barrio del Azúcar (formado por las calles de Azueta y Carranza) era un chamaco. La coronación de la Reina ya no se hacía en el Parque Deportivo Veracruzano –un estadio de béisbol que ahora se conoce como Parque Ecológico– sino en el auditorio «Benito Juárez». Hoy, con más de 60 años de aventuras barriales y callejeras entre sus canas, Piteco cuenta:

 

Fui con la palomilla al Zócalo. Era un sábado, si no mal recuerdo. Iban a coronar al Rey del carnaval. Esperábamos el desfile cuando un cuate, el Yoni, le robó la gorra al Archi. El Yoni no se dio cuenta de que el Archi venía con un chingo de flota,7 eran como cuarenta y nosotros como quince. Cuando me di cuenta de que éramos menos pensé que ya no la contaría, pero iban con nosotros el Toro Candiani y su hermano Mario, que era obrero del muelle y venía con su flota de los astilleros.8 Nos dimos con todo, la flota del Archi se escondió en los Portales, otros se fueron corriendo por 5 de Mayo.

 

Hacia los noventa, los pleitos dejaron de ser entre palomillas y pasaron a llamarse refuegos. Antes del establecimiento de los Zetas en el puerto, estos refuegos entre barrios y territorios eran comunes, una especie de bautismo de fuego para mostrar virilidad y poderío ante otros barrios. Algunos pleitos, ya en este nuevo milenio, se creaban en la red, en Metroflog y Fotolog, donde estos chicos subían con frecuencia fotos donde se mostraban con cuchillos, o fotos grupales que resaltaban muy bien el estereotipo de estos jóvenes que usan mucho gel en la patilla, visten con jerseys de fútbol y capri pants que llegan a media pantorrilla.

 

Es habitual encontrar a estos chicos contando sus aventuras, el Pichal, de la colonia Hidalgo me cuenta una de estas epopeyas:

 

Estuvimos en la playa antes de que empezara el primer desfile. Chupando, por supuesto, y en eso pasó corriendo frente a nosotros un chavo de Río Medio. Atrás de él, venía correteándolo un vale nuestro porque el de Río Medio le había robado un celular a la chava de nuestro vale, por la zona de gradas. Se fue a meter a la boca del lobo y entre todos lo detonamos,9 loco. Una banda que andaba ahí se llevaba con el morro y uno de ellos se metió y también lo prendimos,10 después se metieron todos contra todos y empezó la campal. Me detonaron, pero me llevé a uno que otro. Nos repartimos de golpes y al final cada quien salió por piernas porque llegaron los marinos, que prensaron11 a varios que no se pudieron fugar a tiempo. Luego nos los volvimos a encontrar durante el paseo, pero salieron de pepas12 corriendo porque nosotros éramos como veinte y ellos apenas siete. Si no corrían, los agandallábamos en ese momento.

 

El carnaval es una fiesta de contrastes: de las prensa rosa del Dictamen a la nota roja del Notiver. Del local que agandalla a los turistas que, estigmatizados por la prensa como «los de jícama y horchata», tratan de salir de su propia rutina cotidiana. Una fiesta para los que se quedan por los que se van, para los que lo odian y lo aman: La contradicción de ese eslogan gubernamental «el carnaval más alegre del mundo». Celebración familiar que convive con la fiesta de la tarima, donde las muchachas se encueran por una playera. La fiesta de la carne de un puerto que, aunque pudre hasta el fierro, es el de todos los amores y todos los olvidos y el único que tenemos.

 

Juan E. Flores Mateos

 

Esta crónica fue publicada originalmente en la revista nini número 6, dedicada al tema de «la tradición». Para conocer más sobre el sexto número de la nini, haz clic acá. Para visitar la bitácora del autor de esta crónica, haz clic acá.

 

Facultad de Artes UV: Imágenes sin imaginarios

A raíz de una exposición colectiva que se presentó en la Galería AP, Rodrigo Rafael Villanueva elabora una reflexión que trasciende la crítica de las obras y dirige su atención al epicentro del problema: la aparente deficiencia en la educación de los jóvenes aspirantes a artistas que estudian en la Facultad de Artes Plásticas.

Con este contundente pero preciso artículo, la revista nini inaugura su sección de crítica de arte, que será visitada periódicamente por invitados especiales. Los micrófonos están abiertos. La réplica no es derecho, es obligación.

 

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«Uno debe pertenecer a su época».
Honoré Daumier (1808-1879).

«El arte [...] para un artista es simplemente un medio
de aplicar sus facultades personales a las ideas
y las cosas de la época en la que vive».

 

Gustave Courbet (1819-1877).

 

«¿Esperas un tema? Todo es tema, el tema eres tú mismo, son tus impresiones, tus emociones frente a la naturaleza. Dentro de ti es donde debes mirar, y no a tu alrededor». Esto escribió el pintor romántico Eugène Delacroix en el siglo XIX, su consejo invitaba al aspirante a artista a elaborar sus obras mirando en su interior, encerrándose sobre sí mismo. El consejo de Delacroix resta importancia a la experiencia del mundo real y, de seguirse fielmente, daría como resultado una producción artística totalmente desconectada del presente.

 

Entre el 6 y el 23 de octubre del año 2015, la galería de la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana presentó la exposición Procesos pictóricos, una colectiva de alumnos cuyo eje fue la producción pictórica.

 

El montaje recibía al visitante con el dibujo monocromático de una gallina colgada de cabeza sobre un fondo ocupado por figuras que recordaban ejercicios de abstracción de hace cien años. Unos pasos adelante se presentaban dos insípidos y decadentes bodegones, uno compuesto por numerosas fresas y otro en el que podía apreciarse un jarrón con flores blancas al lado de un tazón con duraznos y manzanas. Ambas imágenes transmitían muy poco técnicamente: era evidente que a las pintoras de estos cuadros no les interesó aportar algo pertinente en relación con la sociedad actual, pero se hubiera agradecido un ligero esfuerzo por realizar una mímesis digna de lo que intentaron representar.

 

El resto de las piezas expuestas se caracterizaban por una similar pobreza estética: un paisaje que mostraba una laguna en un entorno selvático, con una pequeña lancha al fondo (verdes y azules empleados de manera inexpresiva inundaban la composición volviéndola tediosa). Aun cuando la imagen tenía la pretensión de ser figurativa, los elementos simbólicos y demás recursos que dieran pauta a la contemplación, eran prácticamente inexistentes, despojándola de cualquier atractivo. La interpretación de esta pintura pobremente ejecutada se consumía al instante y no generaba ninguna reflexión; lo mismo sucedía con otros cuadros que tenían la intención de abordar el retrato y la figura humana a través de la aplicación aburrida de una gama de colores sobrios que no resultaron ser más que cúmulos de pintura aplicados sobre la tela con un oficio naciente, sin relevancia para efectos de una interpretación relevante.

 

Procesos pictoricos

 

En la producción artística actual, las características formales de la imagen (composición, equilibrio, armonía, etc.) no son fundamentales para valorar su pertinencia. El arte conceptual demostró incluso que puede prescindirse del objeto en sí, ya que la experiencia comunicativa también es susceptible de desarrollarse a través de ideas y sensaciones que se detonan en la mente del espectador tras el encuentro con una significativa propuesta artística. Es lamentable que detrás de la exposición no se vislumbraran planteamientos intelectuales y críticas con aporte sociocultural. Parece que la única pretensión de la muestra fue la de exhibir el trabajo que se produce sin una dirección clara, «hacer por hacer», sin importar el contenido: la nociva idea de que el arte no es un medio, sino un fin en sí mismo.

 

La mayoría de las piezas en Procesos pictóricos resultaron ser únicamente ejercicios de clase, ensayos pictóricos resultantes de la ocurrencia, el chidismo, el facilismo y la producción irreflexiva de imágenes sin un sentido claro de comunicación con el otro.

 

Lejos de elaborar una crítica de la exhibición presentada en la Galería AP, quiero aprovechar la coyuntura para iniciar una reflexión más profunda. Las carencias formales y conceptuales reflejadas en estas obras no son más que un síntoma de una serie de problemas mayores que tienen tomada a la Facultad de Artes Plásticas. El epicentro de la crisis no es la Galería, sino el salón de clases, el problema está en la manera en que se imparte la educación y los valores creativos que se promueven en los talleres y los espacios expositivos de la misma Facultad. Por ello quiero colocar sobre la mesa las siguientes consideraciones.

 

Académicos y autoridades

 

Es importante abrir canales de diálogo entre estudiantes y académicos para generar una reflexión crítica colectiva al interior de la comunidad de la Facultad de Artes Plásticas. Si el plan de estudios tiene fallas, ¿por qué no proponer mejoras? Si el perfil de ingreso es incompatible con las dinámicas actuales del quehacer artístico, ¿qué condiciones estamos esperando para replantearlo?. El reajuste implicaría que materias que ahora son opcionales –como Arte y posmodernidad, Artes conceptuales, Filosofía del arte, Ilustración digital y Estrategias didácticas, por mencionar algunas– pasaran a ser obligatorias, a fin de cuentas, ¿bajo qué criterios son consideradas prescindibles en la formación de los estudiantes?

 

La reflexión rebasaría el plano académico y se concentraría en la trayectoria de los profesores. Esto significaría una revisión crítica de su quehacer profesional, práctico y teórico. Es evidente que hay maestros comprometidos que se interesan por impulsar versiones pedagógicas propositivas y que se suman a la tarea de cuestionar y erradicar criterios arcaicos en torno a las dinámicas artísticas, no obstante, son los menos. Valdría la pena preguntarse si el resto de los profesores siguen produciendo y, si sí, de qué proyectos forman parte, en qué colectivos se han involucrado y qué investigaciones han publicado.

 

El circuito expositivo

 

No considero necesario saber de quién fue la iniciativa de organizar la exposición, lo importante es que la Galería AP aceptó montarla. Esta decisión genera una serie de interrogantes: ¿cuáles son las posturas de creación que promueve la Galería AP?, ¿bajo qué argumentos puede defender el hecho de arropar paisajes, retratos que se agotan en el sujeto representado, bodegones que dicen nada y ejercicios de clase que ni técnica ni conceptualmente gozan de la calidad que uno esperaría de aquellos que aspiran a convertirse en profesionales de las artes visuales?

 

La Galería AP es el principal espacio donde la comunidad de la Facultad de Artes Plásticas puede exhibir su producción artística, sus decisiones curatoriales implican la promoción de valores estéticos e ideológicos entre los estudiantes –e incluso entre los aspirantes–. En este sentido, ¿qué proyecta la Galería hacia el interior de la institución y qué proyecta hacia el exterior con el montaje de muestras como Procesos pictóricos?, ¿no debería destinarse este espacio a la exhibición de expresiones emergentes más propias de la actualidad?

 

Cabría aclarar que la deficiencia artística de la muestra no fue solo responsabilidad de los alumnos que participaron en ella –algunos de semestres iniciales, que debido a la cuestionable formación académica, podrían no advertir que su obra carece de la calidad suficiente–, sino también del comité de selección y su principio acrítico de justificar la selección de las piezas a partir de sus valores formales (estructura, armonía y geometrismo) –a veces inexistentes– que se pretendieron evidenciar montando, al lado de los cuadros, pequeñas cédulas que indicaban inciertas líneas de composición.

 

El modelo educativo y el aula

 

Como señalé con anterioridad, pareciera que el propósito de la muestra fue exhibir los resultados en materia de pintura por parte de alumnos de la Facultad de Artes Visuales. En este sentido vale la pena preguntar qué está ocurriendo en las clases en las que supuestamente se ejercitan los procesos técnicos (es decir, el lenguaje de los materiales y la práctica constante de los mismos). ¿Cuánta importancia se da en clases a los contenidos teóricos (paradigmas estéticos, históricos, filosóficos, sociales, artísticos) que deberían dar sentido y pertinencia a las expresiones pictóricas?, ¿cuáles son las nociones de crítica y autocrítica –constructiva o destructiva– que se practican en el interior de la comunidad estudiantil? y, sobre todo, ¿por qué sobreviven en la universidad criterios visuales e ideológicos obsoletos (como el del «arte por el arte»)?

 

En la Facultad hay materias que abanderan una postura reflexiva en torno a la producción visual. Sin embargo, en la mayoría de las aulas no se está procurando el intercambio de opiniones y experiencias, mucho menos el cuestionamiento hacia las producciones artísticas propias y ajenas. Pareciera haber un consentimiento tácito en los procesos creativos individuales, acentuado por una especie de conformismo paternalista en algunos profesores que no han actualizado sus métodos de enseñanza. Juan Acha denominó a estos procesos agotados como «criterios residuales de la formación artística», y consisten en métodos educativos que siguen patrones del pasado que ya no tienen sentido para la forma de concebir el mundo y el arte en nuestro tiempo. El resultado de esta amalgama de desaciertos es un desarrollo educativo-creativo estéril y desarticulado.

 

Mi intención con este texto es llamar la atención de la comunidad de Artes Visuales y promover una reflexión crítica en torno a los procesos de enseñanza-aprendizaje que permitan, a la larga, mejorar la calidad de la producción artística local.

 

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