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Un pico penetra el suelo abruptamente. El hombre que lo empuña, moreno y de brazos fuertes, jala con fuerza para sacar la tierra. Lo hace una y otra vez hasta que topa con una barrera natural y resulta inútil continuar con esta herramienta.

 

Otro hombre, cubierto con un sombrero para el sol, toma una varilla por su empuñadura circular y la clava en el hoyo que el pico ha hecho antes. Llega un momento en el cual no entra más, el hombre agarra una piedra y golpea la varilla hasta hundirla. Vuelve a tomar la empuñadura, la gira. Saca la varilla y la huele:

 

—Huele a humedad. Si aquí hubiera restos humanos enseguida nos habríamos dado cuenta, porque ese es un olor que no se puede soportar. Lo que se ve en la tierra de otro color parece ser comida para animales, debe ser porque aquí los alimentaban.

 

El hombre que explica esto se llama Mario Vergara Hernández. Es delgado, de ojos rasgados y bigote. Usa un sombrero cónico que le da la apariencia de ser un chino que trabaja en los campos de arroz. Mario añade:

 

—Hay que peinar y descartar. Una vez, los de la PGR me dijeron que el olor que había impregnado la varilla era de aguas negras, y yo les dije «¿cómo que de aguas negras? Si aquí es puro monte».

 

 

Hombre

 

A la iglesia de los Santos Reyes en Amatlán, Veracruz, ha llegado una caravana de familiares de desaparecidos de varios estados: Guerrero, Coahuila, Sinaloa, Morelos. Esta caravana tiene la intención de armar una brigada para la búsqueda de restos humanos ocultos en fosas clandestinas de la región. Para ello es necesario capacitar a las familias de desaparecidos que quieran buscar a los suyos y extender una red de colaboración de buscadores que haga la labor que las autoridades no están haciendo.

 

¿Qué es lo que lleva a un hombre a dejar la vida cómoda en su pueblo para viajar cientos de kilómetros, recorrer campos, subir cerros, cavar agujeros en la tierra y palpar el suelo con las manos para encontrar restos humanos?

 

Mario Vergara Hernández es de Guerrero, forma parte de la red «Los Otros Desaparecidos de Iguala» y comenzó con esta búsqueda porque tiene un familiar desaparecido. Hace años, Mario regenteaba un expendio de cervezas en Huitzaco, Guerrero. Carente de toda opulencia, la vida tranquila y cómoda de Mario se vio irremediablemente afectada en 2008, cuando su hermano taxista desapareció súbitamente.

 

Mario dice que los padres de los 43 fueron la inspiración. Ellos encontraron fosas clandestinas con hasta 30 cuerpos. Hallaron cientos de restos humanos, nunca los de sus hijos. «Desde entonces –dice Mario con voz dulce– he buscado en fosas clandestinas y he encontrado 145 cuerpos y cientos de restos, miles de huesitos».

 

Su equipo está conformado por un pico y una pala, una cuerda para escalar, chaparreras que lo protegen de las mordeduras de víboras, rodilleras para no lastimarse al hincarse. «Esta es nuestra tecnología», dice Mario señalando sus herramientas, «nosotros hacemos lo que el gobierno no ha querido hacer. Es la búsqueda de la verdad. Queremos encontrar a nuestros familiares para dejarles una flor, ofrecerles una oración». Mario cubre su nariz con un paliacate –«porque los restos huelen muy feo», afirma–, un sombrero para evitar el golpe del sol y, cosa curiosa, una resortera que siempre lleva en el cuello.

Ulises Mendicutty, Equipamento

«Allá en el pueblo aprendemos a tirar desde chiquitos. Esta resortera me la regaló un compa. Es por si un malo me ataca. Nunca la he usado. La piedra que uso es ésta y puede llegar atravesar el hueso del cráneo, que es más delgado… aunque también hay muchos cabezas duras por ahí».

 

Mario ha aprendido sobre la marcha muchos detalles para buscar restos humanos en fosas: «Si ves la tierra de otro color, escárbale. Si ves la tierra removida, escárbale. Si ves montones de piedras que no coinciden con los demás, escárbale, ahí puedes encontrar algo». Sus primeros conocimientos los aprendió en un taller fugaz al que asistió hace casi un año y medio. Aquel taller lo impartió Miguel Ángel Jiménez Blanco, activista guerrerense que ayudó a mucha gente a buscar a sus familiares desaparecidos. Hoy Jiménez Blanco está muerto. Su compromiso por encontrar a los muertos de la guerra del narco le costó la vida. «Buscar desaparecidos es como tener un contrato con la muerte que puede expirar en cualquier momento», reflexiona Mario.

 

Machetes

 

Dentro de la iglesia un joven usa una piedra para tallar el filo de un machete. Junto a él, colocados sobre una rústica mesa, hay otros seis machetes esperando su turno.

—Es para que quede delgadito, más finito. Con el esmeril, con la rueda de afilar no quedan igual de filosos.

 

El muchacho viste playera azul y vino aquí para aprender a buscar restos humanos enterrados. El motivo fue desaparición de su amigo Alexander Figueroa López, el chico de 23 años al que un grupo de casi 20 sicarios secuestró irrumpiendo en su propia casa. La madre de Alexander denunció que dicho grupo armado cruzó un retén militar y los soldados no lo detuvieron, por lo que acusó a los militares de estar coludidos con los secuestradores. El joven de la playera azul se apoya sobre la mesa para tallar más duro el machete:

 

—Allá en la congregación de Guadalupe, fue de donde se lo llevaron. Crecimos juntos, jugábamos a las atrapadas, a las escondidas.

—¿Y es bueno para esconderse? le pregunto.

—Pues es gordito, así que imagínate.

 

Manos

 

A unos doscientos metros del inmenso árbol de pochota famoso en Amatlán porque en él se colgaba a los enemigos de la Revolución los familiares de los desaparecidos iniciaron la primera búsqueda.

 

Tan sólo avanzaron un poco y hallaron restos de ropa desgarrada: pantalones, blusas, una chamarra del Cruz Azul. «Esto nos ha ayudado a encontrar a muchos. La gente que cuida a las víctimas necesita mucha ropa, porque acampan muchos días», señala Mario Vergara a un grupo de madres. Más tarde, ellas formarán una hilera y utilizarán por vez primera la varilla para intentar hallar restos. Las madres pasarán lista y recordarán a la caravana quiénes se encargan del botiquín, del inventario, del reconocimiento de huesos, y de las demás tareas que previamente fueron asignadas.

 

«Tienen que estar atentos, porque si se distraen no podrán ver huesitos pequeños como este», explica Mario mientras sostiene un pedazo de osamenta diminuto e irreconocible.

El mismo hombre moreno que enterró el pico y que se identifica como Simón, a secas, para no ser ubicado por los sicarios de los cárteles ha improvisado una polea para bajar a un pozo de varios metros de profundidad. Con ayuda de otros compañeros desciende, y cuando llega al fondo, dice a voces que ha palpado un objeto extraño bajo el agua. Cuando sube, toma la decisión de descender nuevamente para extraer el objeto, pero no puede, necesita un gancho para jalarlo sin sumergir la cabeza en esa agua infecta.

 

—Hay que volver mañana, a ver cómo improvisamos uno dice un miembro de la brigada.

 

—Lo que está allí abajo es algo raro, como si fuera una mochila añade Simón.

 

Ulises Mendicutty, Desaparecidos (chico)

 

«Ya había asistido a talleres previos de la Red de Enlaces, pero esta es la verdadera prueba: en campo» dice Tranquilina Hernández Lagunes, originaria del estado de Morelos, quien luce un poco agotada por el sol intenso que azota el cañal donde está la cuadrilla. Tranquilina tiene desaparecida a su hija Mireya desde hace un año siete meses, la joven debe tener ahora 19 años.

 

—Salió con el novio a casa de su abuelita, pero el novio dice que ella ya no la acompañó, que se le perdió en el camino. Nunca hemos podido comprobar que fue él, pues la Fiscalía sólo lo ha citado para declarar, la denuncia no ha llegado a vinculación a proceso, pues en Morelos ya opera el nuevo sistema de justicia penal. Mireya quería estudiar Protección Civil. En la escuela en la que se metió no la dejaron, le dijeron que estudiara por mientras otra cosa y que ya luego podría cambiarse. Como le mintieron, dejó la escuela y se puso a buscar trabajo, eso era lo que hacía cuando desapareció.

 

Tranquilina se unió hace cuatro meses a la Red de Enlaces, desde entonces, se dedicó a tomar talleres. Ahora se enfrenta por primera vez a la experiencia real de la búsqueda en campo. Es la primera ocasión que visita el estado de Veracruz, y lo hace por una sola razón: encontrar restos humanos.

 

—A veces creo que está con mi familia, o con el novio, en la escuela, que está ahí. Me digo eso a mí misma: «todo va a estar bien, ella está bien». Eso digo, que todo va a salir bien.     

 

De pie, con una varilla en la mano, Tranquilina mira hacia el horizonte, por encima de las varas del cañal. Esta zona ha sido identificada por los reporteros locales como un sembradero de cadáveres. Con los ojos cubiertos por unos lentes de sol y la cabeza protegida por un sombrero, Tranquilina guarda silencio durante un momento mientras se enjuga el sudor de la frente, y luego añade:

 

—Encontramos a los muertos para dar vida. Sí. Porque nosotros estamos muertos.

 

Esta crónica fue escrita por Juan Eduardo Flores Mateos e ilustrada por Ulises Mendicutty. Hace dos meses, Flores Mateos acompañó a la Brigada Nacional de Búsqueda, que llegó a Amatlán, Veracruz, a peinar los ranchos aledaños. Durante las dos semanas que la Brigada estuvo buscando en la zona, encontró 15 fosas clandestinas y recibió numerosas amenazas del crimen organizado. Antenoche 23 de junio, fue asesinado en Poza Rica José de Jesús Jiménez Gaona, quien buscaba a su hija, Jenny Isabel Jímenez Vázquez y estaba formando un colectivo con los familiares y conocidos de otros desaparecidos pozarricenses para emprender la búsqueda en el campo con el apoyo de la Brigada, que en unos días estará peinando la zona.

 

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