revista nini

El gran engaño de la Guelaguetza

En 1958 un indignado gobernador oaxaqueño se hartó de los sones y bailes jarochos que la delegación tuxtepecana presentaba en la Guelaguetza, así que giró instrucciones al presidente municipal de Tuxtepec: «Vas y me haces un baile que se vea más oaxaqueño», le dijo. En este artículo Pedro Velarde hace un recuento de la invención y posterior disputa respecto a uno de los bailes tradicionales más afamados de la Guelaguetza: la «Flor de Piña».

 

«El gran engaño de la Guelaguetza», fue publicado en este blog como parte de las actividades de la nini en la Primera Jornada de Colaboración y Autoedición que se llevará a cabo del 11 al 16 de abril del 2016 en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y en el marco de la cual los editores de la revista darán un taller de creación editorial y una presentación del proyecto nini.

 

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Ya se escuchan los acordes
de música sin igual
y una feria de colores
el atavío regional
que lucen bellas mujeres
de mi rincón tropical.
Con un porte señorial
hacen su entrada triunfal
luciendo primores mil
los bordados del huipil.

 

 Felipe Matías Velasco, poeta tuxtepecano.

 

Oaxaca de Juárez se sacude los graffitis, las pancartas y las manifestaciones para celebrar la gran fiesta local: la Guelaguetza. Desde el despunte del alba, el Cerro del Fortín comienza a llenarse de gente. Primero a cuentagotas, luego a raudales. Conforme se aproxima la hora, las gradas van atestándose y la banda de música, conformada casi en su totalidad por indígenas que aprendieron notación musical antes de aprender el alfabeto, comienza a afinar. No es necesario repartir particella alguna: los músicos llevan toda una vida interpretando las piezas que van a ejecutar dentro de poco.

 

Inicia el festejo. Dos horas de una variedad dancística proveniente de ocho regiones diferentes: Cañada, Costa Chica, Istmo, Valles Centrales, Mixteca, Sierra Norte, Sierra Sur y Cuenca del Papaloapan. Cada delegación lleva a la fiesta productos típicos que serán compartidos con los locales. Algunas danzas brillan con luz propia, muchas otras aburren al público, el cual se contenta con obtener alguna de las ofrendas. Desde su palco, el gobernador en el cenit de su poder, permanece impávido a lo que sucede. Las personas del público aguardan con impaciencia una sola presentación, como si los otros bailes fuesen meros teloneros, saben que lo que esperan se presentará al final, de no ser así el evento perdería buena parte de su público. Finalmente, tras casi dos horas de baile, llega el momento.

 

Un hombre vestido de impecable guayabera toma el micrófono: «Buenos días México, buenos días a todos los asistentes. Solo les vengo a decir que acabamos de llegar, medio viaje fue subir y medio viaje fue bajar. La montaña atravesamos, la friega fue inclemente, pero qué tal, ya llegamos, ¡Tuxtepec está presente!». La euforia estalla apenas termina de pronunciar tales palabras. Un fuerte golpe de platillos marca el inicio, la banda toca el preludio de la coreografía de Flor de Piña. El acto dura menos de ocho minutos, pero deja satisfecho al público. Las ofrendas, principalmente piñas y caña de azúcar, son repartidas. Por la noche, en la segunda función de la Guelaguetza, el número se repite paso por paso con la particularidad de que ahora se encienden fuegos pirotécnicos. Termina la parte elitista en el simbólico Olimpo que es el Cerro del Fortín, estalla la fiesta del «vulgo» en las calles. Del «El Llano» hasta el Zócalo se desata la algarabía. Litros y litros de mezcal, aquel elixir que fascinó al mismísimo Aldous Huxley,1 corren por las calles como ofrenda; a quien se le ofrece debe beber cuanto le den, porque es considerado una ofensa el rechazarlo. Las chicas tuxtepecanas son asediadas por los bailarines de las otras delegaciones, pero muchas de ellas prefieren coquetear con los turistas de piel más clara. Ha sido un éxito total, los visitantes se van felices de haber admirado tan bello bailable tradicional, típico y autóctono.

 

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Lo cierto es que Flor de Piña es producto del lucimiento del poder y la voluntad de atraer a visitantes. La gestación del baile tuvo lugar en 1958. Antes de ese año la delegación de Tuxtepec era invitada irregularmente a la Guelaguetza debido a que cometía el grave pecado de llevar sones jarochos a la cima de la Sierra Juárez. Su lugar era ocupado por la ciudad vecina y rival, Loma Bonita. En tal año, el entonces gobernador Alfonso Pérez Gasca giró un oficio al presidente municipal de Tuxtepec, Ángel Brocado, regañándolo por enviar sones jarochos e instándolo a crear una danza regional que representara dignamente a la región de la Cuenca. El alcalde, decidido a lucir a su municipio, encomendó a la profesora de primaria Paulina Solís Ocampo coreografiar una hasta entonces desconocida composición del oaxaqueño Samuel Mondragón. Como la danza no era lo suficientemente larga, pues duraba poco más de dos minutos, tomaron el vals La Tonalteca, del chiapaneco Alberto Peña Ríos, como música de entrada, con la finalidad de alcanzar el mínimo de ocho minutos exigido por el gobernador Pérez Gasca. El meticuloso proceso de creación de la danza fue casi un experimento de laboratorio: mezcló en dosis certeras un vals chiapaneco, la música desconocida de un compositor de los Valles Centrales, unos pasos de baile rápidos, sincopados y sensuales que recordaban al galop de Orphee aux enfers y una piña típica en torno a la cual gira el baile. No por nada el periodista y cronista tuxtepecano, Gustavo Santaella, se ha referido satíricamente al bailable como «cancán de piña». Para rematar el acto, se encargó al poeta y artesano local Felipe Matías Velasco la redacción de un poema que, a manera de introducción se recitara al inicio de la danza. La prueba de fuego ocurrió en julio de ese mismo año. Fue un éxito total: el bailable desató la euforia y fascinación. Lo novedoso, la música animada que contrastaba con las melancólicas melodías de las otras regiones, los pasos ágiles, la piña al hombro y la participación exclusiva de mujeres jóvenes fueron los principales factores de su triunfo.

 

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Este bailable hecho ex profeso para deleite del turista fue la sensación desde que se presentó por primera vez y ahora es el más esperado de la fiesta eclipsando a otros, como la centenaria Danza de la Pluma. Tal ha sido el prestigio que ahora varios municipios de la Cuenca se disputan con Tuxtepec la adjudicación del bailable. En una demostración de poder los presidentes municipales tratan de incluir el mayor número de mujeres de su respectivo municipio en la delegación que se presentará en la capital. El municipio que más ha disputado con Tuxtepec la titularidad del baile ha sido Loma Bonita2, la otrora «capital mundial de la piña». Esta localidad ha echado mano del argumento de que la piña es su producto emblemático –en 1970, incluso, sus representantes se dieron el lujo de regalarle al presidente Luis Echeverría una piña de oro puro–. Los ediles tuxtepecanos, sin embargo, han sido férreos defensores del bailable como patrimonio local, tanto así que finalmente en 2011, el alcalde Gustavo Pacheco3 consiguió que la profesora Solís Ocampo negara definitivamente ceder los derechos a otro municipio que no fuera su Tuxtepec natal.

 

Hoy en día se ha formado un comité de autenticidad que evalúa a las candidatas para integrar la delegación. Los requisitos son específicos: no mayor de 22 años de edad, de belleza general y habilidad corporal. Es indispensable poseer al menos tres huipiles para la fiesta –los cuales son costeados por la aspirante y deben ser de diario, media gala y gala–, aspecto que representa un fuerte desembolso, pues los huipiles hechos en telar de cintura llegan a costar varios miles de pesos. La aspirante debe asistir a exigentes ensayos donde cada inasistencia es acumulable, al juntar tres causa baja automática. Con los años, el ser parte de la delegación de Flor de Piña se ha vuelto un símbolo de estatus en la sociedad tuxtepecana, por tal motivo buena parte de las integrantes provienen de las familias que detentan el poder político y económico local. Esto ha traído críticas al considerarse que el baile se ha vuelto un fenómeno elitista y que no representa fielmente la composición étnica de la región, pues las muchachas escogidas son de piel clara y estatura más alta que la promedio.

 

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Con todo, la danza ha ganado popularidad a nivel mundial, llegando a ser interpretada su música por la filarmónica de Tokio y otras orquestas. Flor de Piña de Samuel Mondragón y Alberto Peña ha corrido con la misma suerte que el Sirtaki, melodía compuesta por Mikis Theodorakis para la película Zorba: se ha vuelto tan memorable que está ligado íntimamente al folklor y tradición oaxaqueña aunque haya sido creada hace solo cinco décadas.

 

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Publicado originalmente en el sexto número de la revista nini (que puedes adquirir en en línea), este artículo fue escrito por Pedro Velarde. Velarde (Tuxtepec, 1992) es un joven médico interno de pregrado. Galeno con alma de humanista. Melómano, nerd, reaccionario y orgulloso libertario. Cree que el estado original del hombre es la libertad absoluta, aunque en estos momentos él mismo se haya «esclavizado» al sistema.