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Albert «Tootie» Heath: La fortuna de la excepción

Cuando el jazz apuesta por adquirir una estructura completamente orgánica, es inevitable pensar en él como un cuerpo con su esqueleto siempre cambiante según su alineación. El solista a la cabeza o la sección rítmica funcionando también como un complejo sistema muscular que da impulso y sostiene cada movimiento del conjunto. Ahí adentro también se irriga sangre, y esa sangre tiene un pulso que puede condenarlo todo a la desgracia o a la fortuna de una presencia saludable. Es exactamente igual que un cuerpo, puede resultar atractivo o repugnante. Vanidoso. Lastimero. Arrogante. Discreto. Mórbido. También los hay siameses, pero con dos cuerpos en lugar de dos cabezas, como aquel que apareció retratado en Free jazz, el icónico disco de Ornette Coleman. Como sea, en el fondo de su belleza o su fealdad, apenas cubriendo a la sangre de glóbulos nocturnos que lo caracteriza, está la batería que marca la sístole y la diástole de su paso por el mundo.

 

Kenny Clarke, siguiendo los aportes de Jo Jones, descubrió que la batería podía seguir siendo una base sólida pero espontánea en cualquier formato grupal. Desde entonces el cariz de su sonido se volvió fundamental para entender el desarrollo de toda la evolución jazzísitica desde los años cuarenta hasta la fecha. Ataviada de polirritmias, ataques intempestivos al bombo y el traslado del pulso al ride, la batería comenzó a constituirse como un instrumento con voz autónoma en cuya orquestación se podía entretejer el ritmo más como un contrapunto melódico que como un referente rítmico. Con aquella nueva libertad rondando entre los platos y los parches, la batería experimentó un auge inédito que hasta la fecha no ha dado muestras de llegar a su ocaso.

 

Sin embargo, con aquella expansión acelerada que significaban las nuevas posibilidades del instrumento, una pléyade de hábiles y arrogantes músicos comenzaron a ganar cada vez más presencia en el ámbito jazzístico. Aun ahora, es fácil encontrarse con bateristas que, ávidos de una constante innovación musical, sacrifiquen los matices del conjunto, la seguridad de los solistas y la solidez de la base rítmico-armónica en aras de reformular una vasta tradición de bateristas que, según piensan, ensombrece su prestigio artístico como artistas contemporáneos. Esta condición asegura, cada vez con más frecuencia, una clase de bateristas que imponen con rigor y látigo su perspectiva particular de entender la música, la interacción, y en el fondo de todo, la democracia. «Gendarmes» de la vanguardia y el buen gusto, suelen insistir en un amplio cúmulo de caprichos vinculados a su propio interés musical pues, argumentan, esta es la manera en la que se hacen las cosas hoy. Fruto de ello son erráticas versiones de «La chica de Ipanema» en compases con medidas compuestas como 7/11 o 5/8 y versiones de baladas tan introspectivas como «My funny Valentine» o «You don’t know what love is» ejecutadas a velocidades de Fórmula 1.

 

Derivado de esto, una vieja virtud de los bateristas debe destacarse para valorarlos desde aquel temprano medio siglo hasta la fecha: su capacidad de mediar entre la inventiva personal, la noción de grupo y la gratitud frente a la música. Y tal vez uno de los mejores representantes de este inusual modelo de baterista de jazz sea Alberth «Tootie» Heath.

 

Ceñido a una implacable ética que lo lleva a establecer vínculos profundos con cada uno de los proyectos en los que se involucra, no solo como líder, sino como acompañante, Tootie Heath ha sorteado los avatares que implica acompañar músicos tan potentes y disímiles como John Coltrane en Coltrane (1957) y Dexter Gordon en More Power! (1969). Del mismo modo que adaptarse al tamiz aterciopelado que oscilaba entre el cool jazz y el hardbop enarbolado por Benny Golson en Take a number from 1 to 10 (1961) o el hardbop con aires de funk en The incredible jazz guitar of Wes Montgomery junto a su hermano Percy Heath (1960).

 

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Cada uno de sus más de cincuenta discos le ha exigido a Tootie penetrar en las fronteras movedizas del jazz que se mueven, incansables, según la habilidad y sensibilidades de los músicos que conforman cada proyecto. Y sin embargo, Heath escucha, colabora y construye a partir de las posibilidades de quienes lo rodean. Y conserva su identidad pese a todos los cambios, aunque pase de las escobillas a las baquetas, aunque tenga que acompañar una balada melancólica como «Cry me a river» o un blues en Medium tempo como «D-natural blues». Pero no hay que engañarse, la característica de Heath no es la versatilidad en sí misma, sino como ya he dicho, la gratitud frente a aquellos con quienes ha construido el reino invisible de la música, una de las pocas cosas que todavía le quedan intactas a sus ochenta años.

 

Y la evidencia se haya en un concierto disponible en internet. Tootie Heat toca a trío junto a David Wong y Jeb Patton en el Dizzy’s Club. El concierto deambula entre piezas swing de tiempos medios y otras con aire latino, el público está enganchado. Además de la impecable ejecución del trío, es el cumpleaños número ochenta de Tootie. No hay nada más que hacer que continuar hasta el final y cerrar, triunfal, aquella presentación que será grabada para la posteridad. Durante el minuto veintiséis entra el invitado especial. Delgado y frágil sale de las sombras con su traje gris, casi negro, y saluda al público con los brazos en alto, es Jimmy Heath, el hermano mayor y el mentor del baterista. Tootie, con sus ochenta años, sus más de 50 discos encima, y sus colaboraciones con toda la historia del jazz desde el medio siglo hasta la fecha, le da las gracias y le llama «mi maestro».

 

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El Centro de Estudios de JazzUV lamenta profundamente la crisis de salud de Albert «Tootie» Heath y le desea una pronta recuperación, pues la ilusión de contar con su presencia en ediciones futuras seguirá tan vigente como la música que ha construido en todos estos años.

 

Este artículo fue escrito por Diego Salas, ilustrado por Mario Alberto Hernández (Eme de Armario) y patrocinado por el Festival Internacional JazzUV, encuentro de música jazz –iniciativa original de la Universidad Veracruzana– cuya séptima edición se celebró del 21 al 25 de octubre en la ciudad de Xalapa.

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