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Capezzio disco: la casa de la raza

Rodeada de una injusta mala fama, la disco Capezzio es uno de los lugares emblemáticos del puerto de Veracruz. Desde sus orígenes y hasta la fecha ha reinventado constantemente el concepto del «antro» en el puerto jarocho. Esta crónica de Juan Eduardo Flores Mateos, acompañada de fotografías de Ilse Huesca, es una excepcional guía de lo que significa una típica noche capezziana.

 

La revista nini contará con la presencia de los creadores –Juan Eduardo e Ilse– en la presentación de su octavo número dedicado a «la chusma» el viernes 28 de octubre a las 20:00 horas en La Infanta Café (Gómez Farías 2111, en el puerto de Veracruz). Acompañados de Jerónimo Rosales, co-editor de la revista, los autores platicarán sobre el proceso creativo que generó este especial y discutirán sobre la chusma porteña, el reguetón jarocho, la historia de Capezzio y la receta secreta del ñiaaa.

 

La luz de las velas ilumina tenumente el interior de esta catedral del perreo llamada Capezzio
La luz de las velas ilumina tenumente el interior de esta catedral del perreo llamada Capezzio
El interior del lugar parecía una fábrica oscura iluminada por luces de neón azules, verdes y rojas. Poseído por muchos sonidos entrelazados: gritos de entusiasmo, conversaciones animadas, música de reggaetón, susurros. Ruido. En medio había una pista sobre la que bailaban algunas parejas, aprovechando el momento previo al show. Los concurrentes menos atrevidos bailaban alrededor de las mesas con forma de corcholata de cerveza. En esas mesas pasarían la noche bebiendo y riendo. 

A un costado de la pista, a la mitad de un pasillo angosto que conectaba la entrada con el antepatio, había una multitud expectante. Sobresalía un hombre maduro, robusto, de corta estatura y cabeza semi calva, con los ojos delineados de negro. Se llamaba Juan Santiago y era conocido por animar fiestas masivas y conducir un programa nocturno con bastante rating. Como si fuese una especie de profeta, Juan Santiago sostenía un micrófono y azuzaba a la muchedumbre:

Juan Santiago, gerente y animador del antro, azuza a su público micrófono en mano
Juan Santiago, gerente y animador del antro, azuza a su público micrófono en mano
–¡Quiero un escándaloooooo!

 

La gente a su alrededor se agitaba en arrebato carnal. A su lado, a la manera de monaguillos de un culto herético, dos hombres cargaban una enorme cazuela para mole. Con la mano que le quedaba libre, Juan Santiago tomaba un pocillo de peltre y servía la bebida en vasos desechables. Uno de los monaguillos, regordete, le acercaba entonces un enorme consolador de plástico. Juan Santiago tomaba el dildo y revolvía el líquido. Cogía el pocillo nuevamente y volvía a servir. La bebida, espesa y de color blanco, contenía distintos tipos de alcohol: caña, ron, whisky. En aquel lugar ese brebaje era conocido como el «mole de verga».

Los espectadores estiraban la mano, todos querían probarlo, no había quien no quisiera un poco. Era como si desearan consumir el elíxir de una vida eterna de perreo y desenfreno. «¡Juan, yo quiero!», «¡Juan, Juan!», gritaban los asistentes tratando de hacerse oír sobre el estruendo de la música. Y Juan daba, Juan repartía.

 

La historia

Abrió sus puertas hace 35 años. Omitiendo un par de bares y cantinas, Capezzio es el centro de diversión nocturna más viejo de la ciudad de Veracruz. Antes de llamarse Capezzio se llamó Nancy’s, en honor a su fundadora, maestra de una secundaria técnica. Los centros de diversión cerraban temprano en el Veracruz de los ochenta. Nancy’s funcionó celebrando tardeadas. Primero de cuatro a ocho de la noche y luego de ocho a once. Había música disco y shows de un grupo de bailarines llamado «Young People». Juan Santiago formaba parte de ese grupo y a bailar hubiera dedicado el resto de su vida de no ser porque un buen día Nancy, la fundadora, descubrió que estaba enamorada de él. Juan Santiago ascendió en la escalera de poder al interior del establecimiento: dejó la pista y ocupó la gerencia.

 

Una vieja foto en los camerinos de la disco retrata a un joven Juan Santiago abrazando a Nancy, la fundadora de la disco.
Una vieja foto en los camerinos de la disco retrata a un joven Juan Santiago abrazando a Nancy, la fundadora de la disco.
La pareja viajó a Nueva York, donde visitaron una disco llamada Capezius con la que encontraron algunas similitudes, como la música latina y el show de bailarines. Apropiándose del nombre de esa discoteca neoyorquina, rebautizaron a Nancy’s como Capezius, pero poco después le cambiaron el nombre a Capezzio’s, reemplazando la «o» por la «u», añadiendo la doble zeta y rematando con el apóstrofe.

 

Transcurría ya la década de los noventa y el término «antro» servía en el puerto jarocho para designar a las discotecas de bajo nivel y mala muerte. Si bien Capezzio había tropicalizado el término discotheque, pronto asumió el concepto del antro. A partir de entonces, en Veracruz se empezó a popularizar la palabra ya no para designar los centros nocturnos desagradables e inseguros sino para referirse a los recintos destinados a la diversión del público joven.

 

El show: teatro cómico para la raza

El show de Capezzio es famoso por un lenguaje florido además de un teatro de comedia que atiende las coyunturas políticas del momento. En este caso, el ascenso de Donald Trump en las elecciones estadounidenses.
El show de Capezzio es famoso por un lenguaje florido además de un teatro de comedia que atiende las coyunturas políticas del momento. En este caso, el ascenso de Donald Trump en las elecciones estadounidenses.
Algo emblemático de una noche capezziana es el show, espectáculo que ha ido transformándose a lo largo del tiempo. En un principio lo animaba un conocido peluquero, el Chícharo, quien también fuera bailarín en Nancy’s, pero sucedió que cierto día el Chícharo no pudo presentarse al show y a Juan Santiago le tocó animar el evento. Subió al escenario y saludó con un respetuoso «qué tal jóvenes, buenas tardes». «Se desató la burleta absoluta», dice Juan Santiago, «me chiflaron y fue terrible. Bajé encabronado del escenario, me di un agarrón con mi esposa y luego regresé a la pista y les dije a todos: ‘a ver cabrones, ¿me van a hacer caso o qué pedo?’», la gente volteó y puso atención. A partir de entonces, el show de Capezzio se empezó a volver famoso por el uso de un lenguaje florido que no era común entre los animadores de fiestas.

El show no tiene una estructura definida, pero se puede aproximar un cronograma. Juan Santiago empieza nombrando los barrios y colonias populares de la ciudad: La Huaca, Las Brisas, la Carranza, el Buenavista, El Coyol, la 21 de Abril, Río Medio. Luego nombra varios equipos de futbol, ensalzando a los Tiburones Rojos del Veracruz –el equipo local– lo mismo que a las Águilas del América. La raza corea cada intervención del animador, especialmente cuando este grita a través del micrófono aquello de «jarooochos» y el público puntúa: «¡A hueeevo!». A esta manifestación multitudinaria de chovinismo provinciano se le conoce como «el jarochazo» y, si bien su uso ya es extendido en contextos diversos donde se reúne el pueblo jarocho (como partidos de futbol y desfiles del Carnaval), lo cierto es que se originó en la casa de la raza.

 

Tras esto, empieza la música y con esta las bromas y los concursos. Al ritmo de una canción del payaso Cepillín, Juan Santiago arroja puños de harina al público que rodea el escenario; revienta pastelazos en la cara de los asistentes; moja con agua a quienes están cerca de la pista. En Capezzio se concursa para que la gente haga gala de su capacidad para resistir la humillación. Todo aquel que no quiera «entrarle al desmadre» será expulsado del escenario. Si algún concursante resulta ser penoso, aburrido o apretado, será reprobado por el público espectador. Cual verdugo, Juan Santiago invocará el clamor popular. Señalando al acusado, preguntará a través del micrófono: «¿A dónde se va?». Y el público rugirá: «A la vergaaaa». «Órale, sáquese a la verga», rematará Juan Santiago mientras el expulsado, cabizbajo, regresa a su mesa. Habrán terminado sus cinco minutos de fama.

 

Poca gente lo sabe, pero la ya famosa porra de «jarochos a huevo» surgió en Capezzio.
Poca gente lo sabe, pero la ya famosa porra de «jarochos a huevo» surgió en Capezzio.
El juego llamado «dado mágico» consiste en lo siguiente: un joven valiente y voluntario sube al escenario, el staff arroja un enorme dado de fieltro sobre la pista, redoble de tambores, el dado gira, cae 3, alguien del staff lo patea, cae 6. En teoría serán seis muchachas las que harán fila y surtirán al joven. Cada una de ellas le dará una cachetada, y si éste aguanta «como machín» se llevará una cerveza. En los hechos, habrá más de seis mujeres formadas, y si el muchacho protesta, pierde. Las mujeres lo golpearán sin miramientos para la risa del público. En otro juego, «Futbolata», dos jóvenes suben al escenario. El ganador es quien se beba una cerveza más rápido. Cabellera contra cabellera. El perdedor terminará rapado de la manera más estrafalaria. El peluquero le hará una calva en el centro de la cabeza o le dejará mechones de cabello sobre las orejas o le rapará sólo la mitad de la cabeza o bien le rasurará las cejas. Es en la resistencia a la burla donde los concursantes ponen a prueba su gallardía. Quien se sube al escenario lo hace teniendo una cosa bien clara: hay que probar públicamente que uno es «el más loco».

El concurso de baile femenino admite a cualquier concursante, sea mujer, varón o «quimera».
El concurso de baile femenino admite a cualquier concursante, sea mujer, varón o «quimera».
Las mujeres también participan. El concurso de baile femenino es el más común: numerosas muchachas suben al escenario a bailar al ritmo de la música. La que baile «mejor» —es decir, la que reciba más aplausos—, es declarada ganadora y se lleva una bebida alcohólica como premio. Los criterios de clasificación a la final no están del todo claros. En ocasiones ganan las muchachas que ejecutan los bailes más sensuales; otras veces es la actitud la que hace que una gane; y, muchas veces, el criterio es definido por lo exótico o extraño del baile o la propia bailarina. No es raro, por ejemplo, que los ganadores del concurso sean varones (quimeras o subquimeras, como se les conoce en el antro), y cuenta la leyenda que una muchacha coja se alzó con el pomo de la victoria y una «cooperacha» de 1,500 pesos que juntaron entre varios espectadores (y espectadoras).

Como resultó frecuente que los concursos de baile los ganaran las mujeres entradas en carnes, Juan Santiago instituyó el Gordatón, categoría de baile para las muchachas con sobrepeso y obesidad, cuya ejecución se caracteriza por el excesivo optimismo y entusiasmo de las participantes. En cualquier caso el castigo es el siguiente: «mamada» o «corte malo» en el cabello. Dado que las castigadas escogen su propio castigo, no se tiene registro de ninguna felación punitiva, pero sí de muchos mechones mal cortados, cabelleras tusadas y peinados arruinados sobre el escenario.

 

Aquí perreaba tu mamá, aquí conoció a tu papá

El logotipo de Capezzio representa a un obrero rodeado por un engrane, y la asociación con la clase trabajadora del puerto queda enfatizada en su lema: «La casa de la raza». En otros clubes porteños la segregación se hace manifiesta aún sin haber ingresado a ellos. Es el cadenero, guardián de la diversión, el sujeto que define quién entra y quién no basándose en un sólo criterio: el aspecto de los asistentes. En esos antros, los gordos cancerberos vestidos de negro impedirán el paso a quien vaya de bermudas y gorra y lo cederán complacientes a quien llegue en auto de lujo, bien peinado y posea, de preferencia, un color de piel no muy oscuro. Juan Santiago ha señalado en entrevistas que «todas las discoteques dicen ‘guácala, clase baja. Fuchi. Morenito, mal peinado, mezclilla, short, tenis, hueles mal. ¡Discúlpame, no entras!’, pero no maestro, todos somos iguales». Sin políticas de segregación al momento de entrar, Capezzio es, en palabras de su gerente, un lugar de diversión para «la banda malandra», la «raza que por lo menos ha caído una vez en el penalito de Playa Linda», «esa que no tiene auto y se levanta desde temprano para chingarle».

 

El «Gordatón» es la categoría de baile que instituyó Capezzio para mujeres con sobrepeso y obesidad.
El «Gordatón» es la categoría de baile que instituyó Capezzio para mujeres con sobrepeso y obesidad.
Todo mundo tiene cabida aquí: albañiles, mecánicos, empresarios, trabajadores del súper Chedraui, políticos (José Ramón Gutiérrez de Velasco, hizo de Capezzio su taberna favorita durante su gestión como alcalde de la ciudad de Veracruz), estibadores del recinto portuario, burócratas, actrices, grupos musicales (Genitallica visitó el antro en alguna ocasión), edecanes, jóvenes de barrio y hasta tristes becarios del FONCA que han encontrado aquí la inspiración. Capezzio es un lugar donde la lucha de clases se suspende, donde ricos, pobres y clasemedieros cohabitan y dan forma al mito de una sociedad jarocha que se asume desmadrosa, incluyente, cotorra y permanentemente alegre.

Sin embargo, una vez dentro del establecimiento, es clara la segmentación. Juan Santiago dice que, en una sola noche, ha tenido un Capezzio dividido en zona gay, zona fresa, zona malandra y hasta zona slam. Son las ruinas, las huellas, los vestigios del Veracruz amurallado. Los jarochos saben que «los sábados son de malandros y los domingos de fresas». No es gratuito que la canción de aniversario que algunos músicos locales compusieron para el antro diga en su lírica que en el antro se puede bailar «con la fresa y también con la malandrona, porque Capezzio se hizo pa’ Veracruz y to’a la zona», no la letra señala que el sábado es cuando van los marginales urbanos que visten «de gorra y playeras Nike», mientras que «los domingos muchos fresas hay».

 

 

Quiero un escándalooo

Frente a Capezzio se encuentra el edificio que hasta 2009 funcionaba como el Penal Ignacio Allende. La leyenda urbana cuenta que en los años noventa, cuando el Penal todavía estaba activo, algunos reos conectados con la élite política veracruzana salían de la prisión, cruzaban la calle para divertirse y regresaban a sus celdas cuando el antro cerraba sus puertas. La leyenda y el escándalo parecen seguir a Capezzio. Se dice que hace más de un lustro era común que, al sonar la canción de El gato volador, la gente lanzara felinos vivos por el aire, lo que llevó a que numerosas organizaciones de protección de los animales emitieran las respectivas denuncias públicas.

 

El lugar también ha tenido sus encuentros con el crimen organizado. En más de una ocasión miembros de los cárteles que se disputan la plaza (los Zetas y el Cártel de Jalisco Nueva Generación) han irrumpido en el establecimiento para secuestrar a algunos clientes. A pesar de su mala fama entre la clase media y alta del puerto, en Capezzio nunca se han visto espectáculos como los que con frecuencia protagonizó La Casona, el antro fresa de la ciudad. Los Zetas hicieron de este su centro de diversiones. En el 2012 un comando armado arrojó al interior de La Casona la cabeza cercenada de Francisco Acosta, hijo de un ex agente de la policía judicial del estado que trabajaba para los Zetas. Y en 2013, en la zona VIP de ese mismo antro fue asesinado de 13 disparos en el pecho Francisco Javier Díaz Ávila, un muchacho que, según las notas de prensa, era hijo de un ex jefe de plaza de los Zetas. Actualmente La Casona ha cerrado sus puertas. Las de Capezzio, como sea, siguen abiertas de par en par.

 

A pesar de su infundada mala fama, Capezzio no se ha visto tan inmiscuido en escándalos relacionados con el crimen organizado como sí lo han hecho otros antros del puerto jarocho.
A pesar de su infundada mala fama, Capezzio no se ha visto tan inmiscuido en escándalos relacionados con el crimen organizado como sí lo han hecho otros antros del puerto jarocho.
En septiembre del año pasado, el antro volvió a las primeras planas de los medios locales cuando se viralizó el video de una muchacha que, para ganar una botella, le practicó una felación a un joven encima del escenario. El hecho desató una polémica moralina en medios y redes sociales a tal punto que el gobernador del Estado, Javier Duarte, despertó de su eterno letargo y usó su extendido aparato estatal para clausurarlo... por unos días. 

 

En el puerto de Veracruz la cultura del antro es la que prevalece. Generalmente, las charlas de los jarochos son discusiones sobre cuál antro es el bueno para pasar el rato. Salpicadas de anécdotas, las conversaciones resultan repasos casi académicos sobre la vida nocturna de la ciudad. Como si se tratara de lecciones de geografía e historia, los conversadores debaten sobre dónde se ubicaba cada antro, cuál fue el mejor y en qué año lo fue. Es normal que se discuta por definir qué «loquerón» o cuál «destrucción» es la más impresionante de todas las que se cuentan. Durante el debate, lo que menos importa es si se exagera, lo valioso es la seguridad con la que se cuentan las historias y la habilidad con que se las teatraliza.

 

Emblema y síntoma de la ciudad amurallada, Capezzio es, tal vez, el sitio más representativo de Veracruz. Espacio donde se condensa el mito costeño de la rumba y el cotorreo, allí se encuentran todas las clases sociales. Ricos y pobres se emborrachan al mismo precio irrisorio. Los jarochos saben que cuando cae la noche y llega el fin de semana, ir a Capezzio será la fábula en la que encontrarán de todo; hasta el amor de sus vidas.

 

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Esta crónica fue escrita por Juan Eduardo Flores Mateos. Las imágenes que la acompañan son autoría de Ilse Huesca. Ambos autores platicarán sobre el proceso creativo que generó esta crónica y discutirán sobre la chusma porteña, el reguetón jarocho, la historia de Capezzio y la receta secreta del ñiaaa en La Infanta Café (Gómez Farías 2111, Veracruz, Ver.) el viernes 28 de octubre a las 20:00 horas.

 

Agradecemos a Juan Santiago Carvajal, gerente de Capezzio, por la ayuda brindada. (La revista nini no solicitó autorización de ningún representante de Capezzio para publicar esta crónica).

Entre la ficción y la realidad: entrevista a Rodrigo Rey Rosa por Mario Salvatierra

Uno pensaría que alguien que escribe sobre la violencia descarnada de su país tendría un rostro duro y maneras bruscas, sin embargo, el escritor Rodrigo Rey Rosa es una persona afable. Fotografía de Tomás Pellicer Larrea, febrero 2016.
Uno pensaría que alguien que escribe sobre la violencia descarnada de su país tendría un rostro duro y maneras bruscas, sin embargo, el escritor Rodrigo Rey Rosa es una persona afable. Fotografía de Tomás Pellicer Larrea, febrero 2016.

Es la tercera vez que Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958) visita la ciudad de Mérida. En esta ocasión ha sido invitado al Encuentro de escritores: El futuro de la literatura y la sociedad latinoamericanas, organizado por el Centro Peninsular en Humanidades y en Ciencias Sociales (Cephcis) de la UNAM. «Me encanta. Tengo mucho interés por esta zona», me dice cuando le pregunto si ha disfrutado su estadía. «El paisaje de Yucatán es muy parecido al de la zona del Petén. Solo la arquitectura es diferente». El edificio de estilo neomaya en el que nos encontramos le parece sorprendente y, mientras echa un vistazo a los amplios pasillos y al patio central, le comento que alguna vez fue un sanatorio.

 

La última novela de su autoría que había leído era El material humano (Anagrama, 2009), que me pareció sorprendente en comparación con las obras reunidas en Imitación de Guatemala (Alfaguara, 2014) y los relatos de Siempre juntos y otros cuentos (Almadía, 2008), tal vez por eso las preguntas estuvieron orientadas por ese documento literario y testimonial sobre el rescate del Archivo de la Policía Nacional. Guatemala, como todo país latinoamericano, ha vivido una historia negra durante más de un siglo. Uno de los aspectos que más llamó mi atención fue la hibridez del texto que se logra no solo mediante la tensión entre lo real y lo ficticio, sino a través de una especie de collage compuesto por múltiples discursos literarios y no-literarios que hacen de El material humano una novela importante tanto por su valor documental como por su valor artístico. «Aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, ésta es una obra de ficción», se advierte al inicio del libro. Curiosamente, en su última novela, Los sordos (Alfaguara, 2012), y en el relato «Cárcel de árboles» –obras completamente ficticias– el juego se invierte: la ficción se convirtió en realidad. «Me enteré, a través de una persona que había leído esos textos, de que en Guatemala, en realidad, sí existían de manera clandestina centros psiquiátricos en la selva, claro, de otra naturaleza, pero, aún así, es increíble».

 

Rey Rosa habla con una voz suave y de manera pausada. Uno pensaría que alguien que escribe, mayormente, sobre la violencia descarnada de su país y que ha llevado una vida trashumante tendría un rostro duro y maneras bruscas, sin embargo, el escritor guatemalteco es afable y en poco tiempo entramos en confianza.

 

Reproduzco la conversación que tuvimos la tarde del 25 de febrero de 2016, entre picaduras de mosquitos y algunas risas.

 

*

Mario Salvatierra (MS): En entrevistas anteriores, has mencionado que el libro Ficciones fue determinante para que siguieras el camino de escritor.

 

Rodrigo Rey Rosa (RRR): No lo diría tan así, pero sí, me acuerdo estarlo leyendo y decir, «voy a tirar la toalla médica y me voy a poner a escribir. Esto es lo que yo quiero hacer». Luego de leer «Tlön, Uqbar...» decidí: «Esto es lo que quiero hacer» y en ese entonces se me empezaron a abrir puertas, era buen momento.

 

MS: Tenías 20 años, ¿no?

 

RRR: Al final de los 19 años. Mi familia no tomó muy bien esta decisión. Mi madre se asustó cuando decidí que iba a abandonar medicina, una carrera cara y que me la estaban financiando mis padres, pero yo ya había acomodado un bandazo. Mi padre me dijo «si abandonas medicina, yo no voy a ayudarte a volverte un escritor frustrado, alcohólico y pobre. Yo no te ayudo». Mi madre, en cambio, me dijo «yo voy a hacer todo lo que pueda y ojalá que tengas suerte». Fueron dos reacciones opuestas dentro de la familia. Sin embargo, no cambié de opinión y continúe.

 

MS: Entonces, sí hubo cierto apoyo, el de tu madre, por ejemplo...

 

RRR: Apoyo moral, más que nada. Fue una gran toma de decisión. Sí me molestó un poco la reacción de mi padre; me molestaba que creyera que yo no fuera serio ni que, como escritor, pudiera salir adelante. Lo tomé como un rompimiento, aunque no violento. Dejé de consultar y de relacionarme con él durante varios años. Como tuve suerte, a los dos años de eso ya tenía un librito. Esto sirvió para suavizar las cosas entre mi padre y yo.

 

MS: Has mencionado que nunca haces bosquejos antes de comenzar a escribir, pero estructural y técnicamente El material humano es muy diferente a tu obra anterior. ¿Esto fue deliberado o accidental?

 

RRR: Es completamente accidental. En principio El material humano no iba a ser una obra de ficción, yo quería hacer una obra de no-ficción sobre ese Archivo. Para cuando me impidieron seguir investigando, yo ya había tomado muchas notas, tenía un material que me parecía de mucho interés. Me vi obligado a convertir esos apuntes en ficción para darles forma porque, si no, era solamente una investigación truncada. Durante un tiempo, seguí insistiendo en volver al Archivo pero me decían «no, no, no».

 

Entonces, esta negativa sin explicación se volvió un tema; pensé «voy a seguir intentando regresar a ver qué pasa», y cada semana llamaba al jefe del Archivo. Él fue quien me dejó entrar saltándose unas bardas porque no tenía derecho a estar ahí, pero me permitió el acceso –como explicó en parte– porque ese Archivo era algo precario, ya que era posible que las autoridades prohibieran seguir haciendo la investigación. Era mejor que algo quedara documentado; él creía que lo que yo escribiera podía servir para dar testimonio de eso que podía irse al traste en cualquier momento. Cuando no pude continuar asistiendo al Archivo, seguí insistiendo y el jefe me daba largas: «No desistas, pero todavía no puedes volver». Hasta cierto punto, se volvió un tema algo kafkiano el no poder entrar al Archivo.

 

Después de seis meses de negativas, releí las notas y me di cuenta que ahí había una historia y que el libro, prácticamente, ya estaba hecho. Un libro que armé sin saberlo. Por prudencia había continuado tomando notas, un volumen de doscientas cuartillas, pero no estaba haciendo una novela. Pensé, entonces, que a eso le podía dar forma. Le di unos cuantos golpes para que tuviera apariencia de novela [risas]. Por supuesto, hay temas que se desarrollan en El material humano que son ficticios. Esas líneas temáticas las subrayo para que tomen forma. Me pareció válido combinar la ficción y la no-ficción. Definitivamente, la técnica e incluso la concepción de esa novela es muy diferente a las otras que he escrito.

 

MS: Por ejemplo, la inclusión de las fichas del Gabinete de Identidad, que son transcripciones literales, pero que de cierta manera pueden ser leídas como microhistorias.

 

RRR: Sí, no hay nada de invención ahí. Había unas que eran muy largas y las tuve que condensar un poquito para darles ritmo. También hay un poco de ficción «personal», pues cambié algunos nombres y apellidos porque no estaba seguro si tal o cual individuo era pariente de gente que conozco y que no iba a tomar muy bien que se supiera que su abuela, digamos, había sido arrestada por prostitución; también sucedió lo contrario, para ciertos crímenes ridículos, utilicé el nombre de amigos de los que me quería burlar [risas]. Por ejemplo, la ficha de arresto de un sujeto que suelta un zopilote en un teatro porque le gustaba hacer escándalos por nada; otro que se roba una gallina, etcétera. Y eso lo sabrán ellos y yo. A eso se limita la ficción en las fichas, pero los crímenes y motivos de fichaje son todos documentales.

 

MS: Existen ciertos autores que se dedican a explorar los límites de la literatura, sobre todo desde el aspecto formal. ¿Consideras que eres parte de esta estirpe?

 

RRR: Bueno, para mí el límite entre la realidad y la ficción es un ejercicio formal.

 

MS: Tu obra está íntimamente relacionada con la realidad guatemalteca. Sin embargo, has declarado en varias ocasiones que se tratan de obras de ficción. ¿Por qué esa insistencia en dejar en claro que tu escritura se desarrolla en el campo de la ficción?

 

RRR: Porque lo son. En el caso de El material humano, si yo no ponía la nota aclaratoria, podía pensarse lo contrario. La ambigüedad crea una línea de tensión que a mí me interesa mantener en mi obra. Creo que, cuando se lee este tipo de narraciones, uno siempre está buscando los límites de la ficción y la realidad. Esto provoca que se mantenga atento. Es otro punto de apoyo para la tensión narrativa dilucidar eso. El cerebro humano trabaja así, quiere saber qué es qué. Y si tú lo estás espejeando mediante ese recurso, es como usar un señuelo. Es una estrategia narrativa, digamos.

 

MS: En El material humano aparece una cita del escritor polaco Adam Zagajewski que dice: «Describir nuevas variedades del mal y del bien –he aquí la magna tarea del escritor». Este trabajo o deber, implica ciertas consideraciones éticas que, me parece, se plantean en tu obra, en general. ¿Ha sido conflictivo abordar la realidad guatemalteca de manera honesta a través de la escritura?

 

RRR: Bueno, creo que es la única manera de abordar la escritura. Aunque, en mi opinión, es muy difícil definir en qué consiste esa honestidad literaria. Para mí, no hay ni siquiera esa reflexión, es simplemente como hay que hacer las cosas. Y creo que esa es la tarea del escritor. También se incluye la tecnología, que está amarrada con las posibilidades del bien y el mal y que ha cambiado las modalidades con las que se ejercen o desarrollan.

 

Por eso, quiero hacer hincapié en que yo no pienso en lo que hago a la hora de escribir, pienso después en lo que hice [risas].

 

MS: ¿Nunca has sentido que lo que escribes pudiera ser percibido como oportunismo literario?

 

RRR: Sí y probablemente lo que he escrito ha sido oportunista. Yo creo que el trabajo del novelista es una tarea dudosa, ya que te apropias de cosas que son ajenas y creas algo que es tuyo. Eso puede ser cuestionado desde un punto de vista extraliterario. Desde lo literario es meramente tu trabajo. Es como el trabajo del médico: es cuestionable y debe ser cuestionado cuando hay mala praxis.

 

No sé si vale la pena cuestionarse si la literatura es ética o no. Narrar la vida de los otros puede ser un acto de apropiación ilícita. No pides permiso, evidentemente. Aunque es probable que si pidieras permiso terminarías por no escribir. El acto creativo puede ser cuestionable, pero una vez que estás adentro de ese juego ya no. Es como la ética entre ladrones [risas].

 

MS: Esto lo pregunto porque, a veces, el escritor suele ser juzgado con mayor severidad que el periodista, digamos.

 

RRR: Sí y a eso me refiero. Creo que la única ética –cuando menos para mí– es tratar a los demás de la misma manera que me trato a mí. Tratarse a uno como trata a los demás, creo, es la única medida ética. Si pides que los demás muestren su juego, tú muestras tu juego. Eso tiene implicaciones que pueden ser complicadas, es algo que solo tú puedes juzgar, hasta dónde juegas de manera honesta. Pero yo sí me lo impongo, «yo voy a tratar así a este personaje o a mi narrador lo voy a llevar hasta este límite».

 

MS: Varios países latinoamericanos han creado comisiones para la verdad histórica o para la recuperación de la memoria. ¿Cómo se inscribe la literatura en la construcción y rescate de la memoria histórica? ¿Crees que juega un papel importante o se subestima su participación?

 

RRR: Me gusta pensar que todo es literatura. Como escritores, estos documentos los tratamos como literatura y como material documental, al mismo tiempo. Parafraseando a Borges, la literatura es un ejercicio a través del cual leemos a los demás y nos leemos y somos leídos, un ejercicio en el que escribimos a los demás y, a la vez, nos escribimos y somos escritos. Las obras literarias son las mejores pruebas de la humanidad, testimonios, a veces, acusatorios, a veces, apologías del ser humano. Las novelas son documentos, creo, que dan más fe y de manera más transparente sobre la humanidad, que la historia, por ejemplo. Y, desde un punto de vista extraliterario, creo que la literatura es un documento válido e igual de importante que el material histórico-documental, ya que es algo más que recopilación de datos, mera estadística o nota de periódico, pues logra transmitir la manera en como nosotros sentimos y pensamos.

 

MS: Cuando estuviste en el Archivo de la Policía Nacional, donde te relacionaste con las personas de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, ¿cómo fue percibido tu trabajo como escritor?

 

RRR: Con gran desconfianza [risas]. De hecho –esto no entró en el libro porque lo supe después– el motivo por el que me impidieron volver al Archivo no fue judicial, como yo imaginaba en mi paranoia. Fue, realmente, una especie de historia de celos por parte de los investigadores que estaban ahí –historiadores, sociólogos, ex guerrilleros y activistas–, ¿qué estaba haciendo un escritor de ficción escarbando ahí, cuando a ellos les habían hecho firmar un contrato de confidencialidad? Reclamaron el que yo hubiera llegado ahí para divulgar los hallazgos del Archivo como un privilegio. Me veían como un intruso, con razón o no. Fue una jugada hostil y doble porque nadie se quejó directamente conmigo. Gente de la Comisión fue la que pidió que ya no se me permitiera el acceso al Archivo. Eso me dolió un poco. Gente joven que trabajaba ahí fue ante la autoridad y protestó. Me pareció muy chivatesco. Se quejaron de mí por celos profesionales, porque también entre ellos había gente con aspiraciones literarias, pero ellos habían firmado un contrato de confidencialidad, en cambio, yo no firmé nada. Yo entré al Archivo como un espía doble [risas]. El director que me dejó entrar me dijo: «no le digas a nadie qué estás haciendo aquí». Sin embargo, la protesta llegó a sus superiores. Eso puso en riesgo su trabajo, así que no pudo hacer nada al respecto cuando me prohibieron el acceso.

 

MS: Es curioso que ciertos escritores, como Mario Vargas Llosa y Fernando Savater, han criticado plataformas como Wikileaks y el derecho a la información. ¿Cuál es tu opinión sobre este tipo de servicios que intentan garantizar este derecho?

 

RRR: Muy equivocado Vargas Llosa. Creo que es un gran servicio el que nos prestó Julian Assange al divulgar toda la ropa sucia de los gobiernos. Tal vez hubo un momento en que uno podía creer que lo que defendían los estados o los principios por los que decían actuar eran lícitos, pero, actualmente, cuando hay evidencia de que estos estados son criminales, no creo que haya que encubrirlos. No es lo mismo hablar de esto en el siglo XIX o principios del XX, donde todavía se podía ser ingenuo. Ahora, saber que un gobierno actúa de mala fe y negarte la prueba de que ha actuado de manera criminal y que le ha mentido a su propio pueblo, al que deberían estar sirviendo, guardar ese secreto no es justificable porque no es lícito. A menos que uno crea, ingenuamente, que esos estados están luchando por el bien y la libertad o que se trata de una guerra entre el bien y el mal. Y no creo que Vargas Llosa crea eso, en su fuero interno.

 

MS: En El material humano se rumoraba que el director del Archivo, un ex guerrillero, había cometido crímenes, como asesinatos y secuestros, en pro de su movimiento. Después, se revela que, efectivamente, los realizó, pero que se arrepintió y consideró un deber decirle la verdad a los familiares de las víctimas, ¿esto es verídico? ¿Cuál es tu opinión?

 

RRR: La ideología en la cuestión judicial no debería tener lugar. En el caso de la rebeldía política, es un derecho humano. No creo que a un grupo rebelde se lo pueda condenar por ser rebelde. Los ciudadanos tienen derecho a la rebelión si el estado es un estado criminal. En el caso del director del Archivo, éste sí incurrió en una falta. Es posible que lo juzguen, él y otros están en espera de juicio. Pero creo que no se puede pedir más: reconocer tu falta, arrepentirte y ponerte a disposición de la justicia, que decidirá absolverte o castigarte. Me parece la postura de este personaje ejemplar y que no se le puede pedir mucho más a alguien que confiesa su crimen y se arrepiente.

 

*

Al terminar la entrevista, continuamos platicando sobre las semejanzas y diferencias entre la historia guatemalteca y la mexicana, específicamente, la yucateca: la Guerra de Castas, las haciendas, el asesinato de Felipe Carrillo Puerto, la jerarquía social y la discriminación a los indígenas. Llegamos a la conclusión de que la Historia es una obra de ficción, tal vez, la más vertiginosa que existe.

 

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Un pico penetra el suelo abruptamente. El hombre que lo empuña, moreno y de brazos fuertes, jala con fuerza para sacar la tierra. Lo hace una y otra vez hasta que topa con una barrera natural y resulta inútil continuar con esta herramienta.

 

Otro hombre, cubierto con un sombrero para el sol, toma una varilla por su empuñadura circular y la clava en el hoyo que el pico ha hecho antes. Llega un momento en el cual no entra más, el hombre agarra una piedra y golpea la varilla hasta hundirla. Vuelve a tomar la empuñadura, la gira. Saca la varilla y la huele:

 

—Huele a humedad. Si aquí hubiera restos humanos enseguida nos habríamos dado cuenta, porque ese es un olor que no se puede soportar. Lo que se ve en la tierra de otro color parece ser comida para animales, debe ser porque aquí los alimentaban.

 

El hombre que explica esto se llama Mario Vergara Hernández. Es delgado, de ojos rasgados y bigote. Usa un sombrero cónico que le da la apariencia de ser un chino que trabaja en los campos de arroz. Mario añade:

 

—Hay que peinar y descartar. Una vez, los de la PGR me dijeron que el olor que había impregnado la varilla era de aguas negras, y yo les dije «¿cómo que de aguas negras? Si aquí es puro monte».

 

 

Hombre

 

A la iglesia de los Santos Reyes en Amatlán, Veracruz, ha llegado una caravana de familiares de desaparecidos de varios estados: Guerrero, Coahuila, Sinaloa, Morelos. Esta caravana tiene la intención de armar una brigada para la búsqueda de restos humanos ocultos en fosas clandestinas de la región. Para ello es necesario capacitar a las familias de desaparecidos que quieran buscar a los suyos y extender una red de colaboración de buscadores que haga la labor que las autoridades no están haciendo.

 

¿Qué es lo que lleva a un hombre a dejar la vida cómoda en su pueblo para viajar cientos de kilómetros, recorrer campos, subir cerros, cavar agujeros en la tierra y palpar el suelo con las manos para encontrar restos humanos?

 

Mario Vergara Hernández es de Guerrero, forma parte de la red «Los Otros Desaparecidos de Iguala» y comenzó con esta búsqueda porque tiene un familiar desaparecido. Hace años, Mario regenteaba un expendio de cervezas en Huitzaco, Guerrero. Carente de toda opulencia, la vida tranquila y cómoda de Mario se vio irremediablemente afectada en 2008, cuando su hermano taxista desapareció súbitamente.

 

Mario dice que los padres de los 43 fueron la inspiración. Ellos encontraron fosas clandestinas con hasta 30 cuerpos. Hallaron cientos de restos humanos, nunca los de sus hijos. «Desde entonces –dice Mario con voz dulce– he buscado en fosas clandestinas y he encontrado 145 cuerpos y cientos de restos, miles de huesitos».

 

Su equipo está conformado por un pico y una pala, una cuerda para escalar, chaparreras que lo protegen de las mordeduras de víboras, rodilleras para no lastimarse al hincarse. «Esta es nuestra tecnología», dice Mario señalando sus herramientas, «nosotros hacemos lo que el gobierno no ha querido hacer. Es la búsqueda de la verdad. Queremos encontrar a nuestros familiares para dejarles una flor, ofrecerles una oración». Mario cubre su nariz con un paliacate –«porque los restos huelen muy feo», afirma–, un sombrero para evitar el golpe del sol y, cosa curiosa, una resortera que siempre lleva en el cuello.

Ulises Mendicutty, Equipamento

«Allá en el pueblo aprendemos a tirar desde chiquitos. Esta resortera me la regaló un compa. Es por si un malo me ataca. Nunca la he usado. La piedra que uso es ésta y puede llegar atravesar el hueso del cráneo, que es más delgado… aunque también hay muchos cabezas duras por ahí».

 

Mario ha aprendido sobre la marcha muchos detalles para buscar restos humanos en fosas: «Si ves la tierra de otro color, escárbale. Si ves la tierra removida, escárbale. Si ves montones de piedras que no coinciden con los demás, escárbale, ahí puedes encontrar algo». Sus primeros conocimientos los aprendió en un taller fugaz al que asistió hace casi un año y medio. Aquel taller lo impartió Miguel Ángel Jiménez Blanco, activista guerrerense que ayudó a mucha gente a buscar a sus familiares desaparecidos. Hoy Jiménez Blanco está muerto. Su compromiso por encontrar a los muertos de la guerra del narco le costó la vida. «Buscar desaparecidos es como tener un contrato con la muerte que puede expirar en cualquier momento», reflexiona Mario.

 

Machetes

 

Dentro de la iglesia un joven usa una piedra para tallar el filo de un machete. Junto a él, colocados sobre una rústica mesa, hay otros seis machetes esperando su turno.

—Es para que quede delgadito, más finito. Con el esmeril, con la rueda de afilar no quedan igual de filosos.

 

El muchacho viste playera azul y vino aquí para aprender a buscar restos humanos enterrados. El motivo fue desaparición de su amigo Alexander Figueroa López, el chico de 23 años al que un grupo de casi 20 sicarios secuestró irrumpiendo en su propia casa. La madre de Alexander denunció que dicho grupo armado cruzó un retén militar y los soldados no lo detuvieron, por lo que acusó a los militares de estar coludidos con los secuestradores. El joven de la playera azul se apoya sobre la mesa para tallar más duro el machete:

 

—Allá en la congregación de Guadalupe, fue de donde se lo llevaron. Crecimos juntos, jugábamos a las atrapadas, a las escondidas.

—¿Y es bueno para esconderse? le pregunto.

—Pues es gordito, así que imagínate.

 

Manos

 

A unos doscientos metros del inmenso árbol de pochota famoso en Amatlán porque en él se colgaba a los enemigos de la Revolución los familiares de los desaparecidos iniciaron la primera búsqueda.

 

Tan sólo avanzaron un poco y hallaron restos de ropa desgarrada: pantalones, blusas, una chamarra del Cruz Azul. «Esto nos ha ayudado a encontrar a muchos. La gente que cuida a las víctimas necesita mucha ropa, porque acampan muchos días», señala Mario Vergara a un grupo de madres. Más tarde, ellas formarán una hilera y utilizarán por vez primera la varilla para intentar hallar restos. Las madres pasarán lista y recordarán a la caravana quiénes se encargan del botiquín, del inventario, del reconocimiento de huesos, y de las demás tareas que previamente fueron asignadas.

 

«Tienen que estar atentos, porque si se distraen no podrán ver huesitos pequeños como este», explica Mario mientras sostiene un pedazo de osamenta diminuto e irreconocible.

El mismo hombre moreno que enterró el pico y que se identifica como Simón, a secas, para no ser ubicado por los sicarios de los cárteles ha improvisado una polea para bajar a un pozo de varios metros de profundidad. Con ayuda de otros compañeros desciende, y cuando llega al fondo, dice a voces que ha palpado un objeto extraño bajo el agua. Cuando sube, toma la decisión de descender nuevamente para extraer el objeto, pero no puede, necesita un gancho para jalarlo sin sumergir la cabeza en esa agua infecta.

 

—Hay que volver mañana, a ver cómo improvisamos uno dice un miembro de la brigada.

 

—Lo que está allí abajo es algo raro, como si fuera una mochila añade Simón.

 

Ulises Mendicutty, Desaparecidos (chico)

 

«Ya había asistido a talleres previos de la Red de Enlaces, pero esta es la verdadera prueba: en campo» dice Tranquilina Hernández Lagunes, originaria del estado de Morelos, quien luce un poco agotada por el sol intenso que azota el cañal donde está la cuadrilla. Tranquilina tiene desaparecida a su hija Mireya desde hace un año siete meses, la joven debe tener ahora 19 años.

 

—Salió con el novio a casa de su abuelita, pero el novio dice que ella ya no la acompañó, que se le perdió en el camino. Nunca hemos podido comprobar que fue él, pues la Fiscalía sólo lo ha citado para declarar, la denuncia no ha llegado a vinculación a proceso, pues en Morelos ya opera el nuevo sistema de justicia penal. Mireya quería estudiar Protección Civil. En la escuela en la que se metió no la dejaron, le dijeron que estudiara por mientras otra cosa y que ya luego podría cambiarse. Como le mintieron, dejó la escuela y se puso a buscar trabajo, eso era lo que hacía cuando desapareció.

 

Tranquilina se unió hace cuatro meses a la Red de Enlaces, desde entonces, se dedicó a tomar talleres. Ahora se enfrenta por primera vez a la experiencia real de la búsqueda en campo. Es la primera ocasión que visita el estado de Veracruz, y lo hace por una sola razón: encontrar restos humanos.

 

—A veces creo que está con mi familia, o con el novio, en la escuela, que está ahí. Me digo eso a mí misma: «todo va a estar bien, ella está bien». Eso digo, que todo va a salir bien.     

 

De pie, con una varilla en la mano, Tranquilina mira hacia el horizonte, por encima de las varas del cañal. Esta zona ha sido identificada por los reporteros locales como un sembradero de cadáveres. Con los ojos cubiertos por unos lentes de sol y la cabeza protegida por un sombrero, Tranquilina guarda silencio durante un momento mientras se enjuga el sudor de la frente, y luego añade:

 

—Encontramos a los muertos para dar vida. Sí. Porque nosotros estamos muertos.

 

Esta crónica fue escrita por Juan Eduardo Flores Mateos e ilustrada por Ulises Mendicutty. Hace dos meses, Flores Mateos acompañó a la Brigada Nacional de Búsqueda, que llegó a Amatlán, Veracruz, a peinar los ranchos aledaños. Durante las dos semanas que la Brigada estuvo buscando en la zona, encontró 15 fosas clandestinas y recibió numerosas amenazas del crimen organizado. Antenoche 23 de junio, fue asesinado en Poza Rica José de Jesús Jiménez Gaona, quien buscaba a su hija, Jenny Isabel Jímenez Vázquez y estaba formando un colectivo con los familiares y conocidos de otros desaparecidos pozarricenses para emprender la búsqueda en el campo con el apoyo de la Brigada, que en unos días estará peinando la zona.

 

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«Confiamos en que la gente le va a demostrar al gobierno que el festival vale la pena»: entrevista a Roxana Alejo, directora operativa de Ambulante

El pasado 25 de mayo Elena Fortes dijo en conferencia de prensa en Xalapa que los organizadores de Ambulante estaban considerando la posibilidad de no regresar al estado de Veracruz. Fortes, quien es directora general del festival, indicó que en la pasada edición no obtuvieron el apoyo mínimo de $1,100,000 pesos que el gobierno del estado había prometido y con el cual la gira de documentales cubre sus gastos operativos.

 

Días después, el 1 de junio, la revista nini entrevistó vía telefónica a Roxana Alejo, directora operativa de Ambulante, para indagar un poco más acerca de lo que cuesta la gira y las condiciones de la relación del festival con el gobierno estatal.

 

Ambulante finalizó su gira por Veracruz el 2 de junio. Vale la pena recordar que la gran mayoría de las funciones fueron gratuitas y algunas se llevaron en espacios públicos como la plaza Xallitic. La participación del público fue entusiasta y los lugares de proyección fueron ventanas para que los asistentes conocieran los problemas a los que se enfrenta una lesbiana china, un joven polaco o una prostituta mexicana, por ejemplo.

 

Abrir la posibilidad para comprender al otro es una de las virtudes de este festival.

 

Plazoleta de Xallitic, en la ciudad de Xalapa, luce abarrotada durante la proyección de un documental en el marco de la gira Ambulante. Fotografía de Federico García Cruz
Plazoleta de Xallitic, en la ciudad de Xalapa, luce abarrotada durante la proyección de un documental en el marco de la gira Ambulante. Fotografía de Federico García Cruz
Jerónimo Rosales (JR): En esta undécima edición de Ambulante, ¿el festival recibió el apoyo completo, a la mitad o por partes?

 

Roxana Alejo (RA): En esta edición el gobierno del estado de Veracruz nos apoyó con un presupuesto menor. Únicamente recibimos $100,000 pesos por parte del Instituto Veracruzano de Cultura (Ivec). Sin embargo, previamente habíamos entrado en pláticas con los directivos de la Secretaría de Turismo (Sectur), quienes nos habían dicho que sí iban a apoyar la gira en Veracruz. Por eso incluimos al estado en nuestro recorrido y luego, cuando supimos que no íbamos a recibir el apoyo prometido, decidimos que no debíamos retirar a Veracruz de esta gira porque el público veracruzano es muy grande. Veracruz es el segundo estado con más público a nivel nacional y por eso estamos en deuda con la gente.

 

JR: ¿Ambulante asumió los costos operativos?

 

RA: Así es.

 

JR: ¿Es este el primer año en que el gobierno del estado de Veracruz no colabora con el monto total del presupuesto o ya en ediciones anteriores había venido disminuyendo su apoyo?

 

RA: Ha venido disminuyendo. El año pasado recibimos $150,000 pesos de Sectur y $100,000 pesos del Ivec. El antepasado recibimos un poco más y así sucesivamente. Cada año ha disminuido el apoyo. Ahora, en 2016, el Ivec nos dijo que $100,000 pesos fue lo único que pudo destinar a Ambulante dentro de su presupuesto. Le explicamos que obviamente nosotros tenemos gastos operativos y de logística que tenemos que cubrir de alguna forma, pero la decisión ya estaba tomada.

 

JR: ¿El estado patrocina Ambulante a través del Ivec o el Ivec entra en ocasiones como relevo para «cubrir las espaldas»?

 

RA: No estoy muy segura, pero en todos los estados negociamos tanto con las secretarías de turismo como con las de cultura. En otros estados acomodan los presupuestos de ambos o bien alguna secretaría asume el costo del presupuesto total para que la gira se presente. En el caso de Veracruz el presupuesto se reparte entre ambas dependencias

 

JR: ¿Cuánto costó esta edición de Ambulante Veracruz?

 

RA: Nos costó $1,200,000 pesos. Como ya dije, el público de Veracruz es el que presenta mayor índice de asistencia y como hay una respuesta garantizada, y la gente espera ansiosamente el regreso de Ambulante cada año, solemos llevar más eventos de los que llevamos a otros estados. En esta ocasión estamos presentando diversos foros, una colaboración con Discovery, 76 películas y hemos llevado la programación a otras ciudades además de Xalapa, como Coatepec y Veracruz.

 

JR: ¿Cuál es el estado que más apoya a Ambulante?

 

RA: Definitivamente Coahuila. El gobierno de Coahuila está súper comprometido con Ambulante. Sin embargo, el público de Coahuila todavía no asimila el cine documental. Nuestra labor allá es poner la semilla y generar un público. El veracruzano, por el contrario, es un público ávido que ya conoce nuestro proyecto, tiene un interés en el cine documental y año con año espera la propuesta que traemos. Es curioso que en Coahuila, donde no hay tanto público, el gobierno esté muy involucrado y quiera generar la cultura del documental entre los coahuilenses.

 

JR: ¿Ambulante recibió algún tipo de explicación sobre la razón del recorte presupuestal?

 

RA: Sí. El Ivec nos indicó que conservaban la misma aportación que en ocasiones pasadas y Sectur nos dijo que ya habían asignado el presupuesto, que tenían otras cosas programadas y que por lo tanto no íbamos a contar con el apoyo este año.

 

JR: ¿Ambulante va a negociar con la próxima administración, independientemente del color de su partido?

 

RA: Claro que sí. Ambulante no toma postura en cuanto a los partidos políticos. Nuestro interés es la promoción de la cultura y la manifestación. Invitamos a la gente a que se manifieste a través de los documentales porque todavía hay mucho que hacer en ese sentido. En el caso de Veracruz invitamos a los veracruzanos a que de alguna forma exijan que este tipo de propuestas continúen yendo al estado. En algunos otros estados donde también nos hemos enfrentado a recortes presupuestales la gente misma ha generado propuestas para que Ambulante no se vaya. Y gracias a eso hemos recibido llamadas de algunos secretarios de cultura diciendo: «oigan, no se vayan, hay que hablar». Esperamos que algo así pudiera suceder en Veracruz.

 

JR: Me preocupa que el estado está muy endeudado y, a estas alturas, creo que la incapacidad por cubrir el presupuesto no es tanto un acto de mala fe como una falta de recursos económicos resultado de la corrupción gubernamental. Como sea, esperamos que no se vayan y que los tengamos por aquí en 2017.

 

RA: Estamos bastante confiados en que la gente le va a demostrar al gobierno que Ambulante vale la pena. Confiamos en que el público va a ir a las funciones y va a hablar acerca de los documentales y de la importancia de este proyecto. Solo así será más fácil para nosotros negociar con la próxima administración sin importar su filiación partidista. Es cierto que Ambulante es una propuesta cultural y de entretenimiento, pero también es un proyecto formativo, y como tal abre nuevos horizontes para que el público conozca el mundo.

 

Para una sociedad que vive en la zozobra, este tipo de eventos representa el oxígeno para afrontar la realidad y superar sus problemas. No echemos en saco roto la invitación que hace Roxana Alejo, no dejemos que este proyecto se vaya del estado como otros tantos; porque a pesar de ser ambulante, este festival ha hundido ya sus raíces en tierras veracruzanas.

 

«Descubrir, compartir, transformar». Ambulante en Veracruz

¿Bajo que otras premisas, si no éstas, podría trabajar cualquier colectivo dedicado a la creación y el arte? Este reto, al que se ha enfrentado la gira de documentales Ambulante desde hace ya algunos años, ha ido paso a paso logrando que lo que pudo haberse pensado una utopía sea cada vez más una realidad.

 

Proyectos como este nos impulsan a entrar en contacto con nosotros mismos, nuestra lengua, nuestra cultura, nuestras tradiciones, al poner en la mira tantas otras realidades (que van desde culturas indígenas mexicanas hasta adolescentes afganas indocumentadas en Irán) a través de documentales, largo y cortometrajes, pero sobre todo charlas, conferencias, talleres y encuentros con los autores. Al interior de la revista nini nos sentimos profundamente movidos frente a la posibilidad de proyectos colaborativos como éste, que, al impulsar la reflexión y el diálogo, otras realidades se hacen posibles.

 

La gira recorre varias entidades de nuestro país, siendo Veracruz la de más audiencia después de la Ciudad de México. Este año, del 26 de mayo al 2 de junio, nuestro estado será sede del cierre de la gira visitando Xalapa, Coatepec y Boca del Río. Estamos todos invitados a esta celebración, sigamos compartiendo, sigamos creciendo.

 

Consulta el programa de mano de Ambulante Veracruz siguiendo este enlace. Entérate de más noticias desde sus redes sociales, acá está su página de Facebook y acá su perfil de Twitter.


 

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